El boletín nació hace doce años y recoge un sinfín de textos e imágenes del Curueño

La Nogalona saca a la luz un nuevo ejemplar de «La Voz de Sopeña»

Con la publicación se pretende recuperar los recuerdos y tradiciones del pueblo

Los recuerdos de los vecinos se recogen en esta publicación

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Jessica Cañón - león
León

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Los recuerdos pueden perdurar a lo largo de la historia, de generación en generación, pero sólo si permanecen escritos. Eso es lo que pretende la asociación cultural y recreativa La Nogalona de Sopeña de Curueño, cerca de La Vecilla, a través de una publicación que editan de año en año bajo el título de La Voz de Sopeña . Este boletín, que nació hace dos años, recoge un sinfín de textos fruto de la colaboración de los habitantes de la localidad, en los que se hace un repaso por las costumbres, gentes y recuerdos populares de la zona. La publicación incluye, gracias a la labor de recopilación que realiza la coordinadora del boletín, Eva González, una muestra fotográfica retrospectiva del Curueño. La Voz de Sopeña recoge la historia anual de la localidad, los nacimientos y los bautizos de esos pequeños nuevos habitantes con los que cuenta el pueblo, las bodas y, cómo no, las tristes noticias de los fallecimientos de esos vecinos que todos recuerdan como amigos. Entre las páginas de este nuevo número también hay cabida para un homenaje, el realizado a Saturnino Díez, maestro de la escuela de Ruiloba, que dio clase a varias generaciones de vecinos de este municipio cántabro, y que es natural de Sopeña. Recuerdos de las gentes del pueblo, vocabulario empleado antiguamente y, a veces, en nuestros días, flora y fauna de la zona, recetas de la tierra o costumbres y tradiciones, completan la revista que, un año más, ha publicado la asociación La Nogalona bajo el patrocinio de Caja España, y para que las futuras generaciones del municipio tengan un sugestivo referente de los que fueron sus antecesores y los viejos hábitos que hicieron de Sopeña de Curueño un lugar tan acogedor como emblemático. Cruzando el charco A principios del pasado siglo, muchas familias emigraron a una patria rica pero pobre a la vez. Dejaron atrás familia, recuerdos, nostalgia y añoranzas para viajar a Sudamérica debido a la necesidad económica de la comarca. El país que eligieron muchos de ellos fue Argentina. Allí fue donde llegaron los primeros Juárez, vecinos de Sopeña, y donde, después de muchos años, siguen residiendo sus sucesivas generaciones. Otro de los vecinos de Sopeña que viajó a América fue el padre Felipe González Getino, que partió a Guatemala, concretamente a Chichicastenago. En un mundo de pobreza, opresión y hasta persecución se desarrolló la vida del párroco, empeñado en mejorar todo lo posible la existencia de sus feligreses, hasta el punto de procurar, si era humanamente posible, que todos los indios pudiesen disponer en su ranchito de luz eléctrica. El padre Felipe se hizo con un generador de gasolina y, ayudado por los indígenas, se pasó los días recorriendo el territorio, llevando la luz a cuantos pueblos encontraba en su camino. El sacerdote regresó a España años más tarde aquejado de un cáncer. Nadie dudó nunca de que Felipe tuviese una inteligencia que hubiese podido desarrollar en investigaciones, pero dedicó su vida a la labor que sus superiores le encomendaron, siempre teniendo como meta principal la mejora de las condiciones de vida de sus feligreses, que como él mismo decía, «Dios había puesto en su camino, a su alcance para ayudarles a mejorar sus vidas». Los vecinos del pueblo recuerdan con nostalgia la historia de este padre al que apodaron El Quijote Bardino .

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