Diario de León

| Reportaje | Una pieza singular |

Un exvoto mariano en Sahagún

El Monasterio de Santa Cruz guarda un singular cuadro de un infante curado por la Virgen María

Exvoto que se conserva en Sahagún

Exvoto que se conserva en Sahagún

Publicado por
Ángela Franco (*) - madrid
León

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No se ha llevado a cabo un inventario de los exvotos en España, lo que redundaría en el conocimiento de la cultura popular y devociones ligadas secularmente al pueblo. Por esta temática y otras de carácter folklórico se sintió especialmente atraída Carmen Baroja. Actualmente, una notable serie de estudiosos continúan esta tradición, entre los que descuella el P. Gabriel Llompart, gloria de la investigación no sólo de Mallorca, sino de España y de Europa. Su hermoso volumen Exvotos marinos en Palma de Mallorca, constituye una magnífica monografía sobre el tema referido, como el título indica, a salvaciones en naufragios a marineros, que peligraban en las tormentas del mar. El asunto se inscribe en las ayudas de fuerzas superiores, la Virgen, Cristo y santos, a pobres gentes, expuestas a peligros inminentes en el mar y cuya confianza les salvó de morir ahogados. Mi aportación a la cultura en este campo ha sido mucho más limitada, por cuanto he escrito escasos artículos, enmarcados en la provincia de León o relacionados con personajes vinculados con León, como el caso de un exvoto de un caballero leonés se conserva en la ermita de El Barco de Ávila [ Exvotos pictóricos, Diario de León, lunes, 29 de agosto de 1988, p. 6]. En mi reciente visita a Sahagún, aparte de la finalidad precisa que me llevó a esta villa, descubrí en el Museo del Monasterio de Santa Cruz, de las Madres Benedictinas, un exvoto pictórico cuya protagonista es la Virgen María bajo la advocación de la Peregrina (77 x 60 cm.). El exvoto en cuestión está publicado en la guía Museo Monasterio Madres Benedictinas de Sahagún (León), redactada por un hijo del pueblo, Rafael Domínguez Casas (León, 2001, p. 22, ilustración en p. 25). A los exiguos y limitados conceptos, como corresponde a la finalidad de estas publicaciones divulgativas, deseo añadir algunas observaciones, que creo ayudarán a entender algunos aspectos para mí muy interesantes. El esquema del exvoto responde al común en este tipo de representaciones pictóricas. En primer plano aparece el personaje beneficiado, un infante de tres meses de edad, que sujeta una placa oval de madera, con un largo texto relativo a la curación de que fue objeto: «Patricio hijo legítimo de Manuel Francisco Blanco escribano de Su Majestad Y del numero perpetuo de la villa de Carrión Y de Dª Manuela Concejo de Castro, de hedad de tres meses le cometió vn fuerte accidente de Alferecia que le duro ocho dias continuos. Y estando destituido de todo Remedio humano Y conturbada la vista le ofrecieron sus padres mui de veras a la Divina Peregrina Nuestra Señora del Refugio Y por su intercesión fue Dios servido comunicarle todo alibio y salud. Año de 1748». En el ángulo superior izquierdo se observa la figura la protectora, la Virgen Peregrina, patrona de Sahagún, cuya fama llegó a Carrión de los Condes (Palencia), de donde era escribano el progenitor de la criatura. La Virgen va ataviada según la moda barroca, derivada de la iconografía de las numerosas santas pintadas por Francisco Zurbarán. Nos hallamos ante iconografías retardatarias, las gentes del pueblo se guían más por figuras devocionales de tiempos pasados que por las contemporáneas, pues ello refuerza el sacral de las imágenes. Un infante de los Austrias En este tipo de representaciones interesa aquilatar la importancia del milagro por medio de la propia figura del protagonista, que en este caso no representa tres meses de edad, sino algunos años, como en otro exvoto contemporáneo, conservado en el Museo Nacional de Antropología, de Madrid. El niño viste una larga saya blanca de mangas largas, remate de puntillas almidonadas en el cuello, y estampada con abigarradas franjas rojas, y un delantalito blanco, recamado con una ancha banda gris. Lleva un cinturón de lactante de carácter mágico del que penden: una castaña -contra la erisipela, usagre, hemorroides y reumatismo- una garra de tejón -contra el mal de ojo-, un colgante sonajero -contra el aojamiento-, una campana -contra los malos espíritus y el mal de oídos-, relicario-para prevenir del mal y para acristianar. Otro amuleto, invisible, está cubierto por la inscripción; tal vez fuera un chupador, para la dentición y contra el mal de ojo. El citado atuendo era común a ambos sexos, siguiendo la moda secular de los infantes reales de la corte de los Austrias. Así se observa en los niños retratados por Bartolomé González, Juan Pantoja de la Cruz, y sobre todo Velázquez, cuyo retrato del Príncipe Felipe Próspero, es un prodigio de candor, inspirador de ternura, indudablemente la sintió el pintor, que debió de intuir la temprana muerte del infante. La obra, que se exhibe en el Kunsthistorisches Museum, de Viena, refleja la naturaleza del niño de triste mirada, que porta los amuletos protectores. Cuando murió el príncipe, algunos de los amuletos fueron heredados por el príncipe Fernando, que moría a su vez el día 8 de octubre de 1661. El rey Felipe IV, su padre disponía que las alhajas y dijes pertenecientes al infante se tomasen «para que sirvan a lo que con el favor de Dios naciere». Quien nació fue el futuro Carlos II el Hechizado, para quien labraría el platero de Su Majestad, Juan de Villarroel, otros dijes de oro, entre ellos dos higas de cristal y otra de azabache, material vinculado al mundo de la superstición y hechicería. Los amuletos Los niños retratados por Bartolomé González y Juan Pantoja de la Cruz llevan sobre el vestido dijes de variado carácter. La Infanta Ana, en un retrato de las Descalzas Reales, de Madrid, lleva sobre el pecho dos cruces, una grande y otra pequeña, además un corazón, tal vez un detente, para ahuyentar las fuerzas del espíritu del mal y un librito, identificable quizá con los evangelios o la Regla de San Basilio. Se trata de dijes religiosos, situados en la parte superior del cuerpo, bajo los cuales se sitúan los profanos, aunque pueden aparecer mezclados. Penden del cingulum una gran higa de azabache, una campanilla, una nuez, un amuleto romboidal, una piedra de rayo, mastitis, mal de ojo, un asta, contra las mordeduras de serpiente y animales ponzoñosos; sostiene con la mano derecha una rama de coral. El príncipe don Alonso con su hermana Margarita, hija de Felipe III y Margarita de Austria, en un retrato atribuido a Bartolomé González -Instituto Valencia de don Juan- lleva un cinturón del que penden una higa, un corazón y una nuez de azabache. Se conservan cinturones de lactantes con con amuletos, talismanes y medallas, como el del Museo Sorolla, procedente de Valladolid, y el del convento de Santo Domingo el Antiguo de Toledo, en los que se entremezclan indiscriminadamente elementos cristianos y profanos. Desde la más remota antigüedad, las creencias contra el mal de ojo están presentes en todas las clases sociales. La ciencia del mal de ojo estaba sumamente enraizada. Velázquez de Echevarría en sus Paseos por Granada (1774), alude al profundo arraigo entre los musulmanes. Las madres colgaban a sus niños manecillas de azabache para librarles del mal de ojo, pues ellos eran los más sensibles al maleficio. Sebastián de Covarrubias enumera los amuletos que ordinariamente se colocaba a los niños como los seres más débiles: «manos de tesugo, ramillos de coral, cuentas de azogue, raiz de peonía y otras cosas». La virtud del amuleto de azabache fue unida en ciertas épocas -del siglo XI al XIII- a la materia, y en otras -siglos XV y XVI- sería su forma la que determinaría su eficacia. Enrique de Villena en su libro Tratado del aojo o de fascinación, escrito hacia 1411, aporta interesantes las noticias dadas sobre el aojo y las formas de curación. Dice que el aojo es un veneno que se comunica por la vista, mesurándose su intensidad por la fuerza del catador y sus estragos por la disposición de sus víctimas, particularmente los niños. Utiliza diferentes amuletos, como higas de azabache y otros materiales: dientes de lobo, garras de león y colmillos de jabalí como armas ofensivas contra el maleficio, que perdurará varios siglos, con especial incidencia en la corte de los Austrias.[A. Franco Mata, Valores artísticos y simbólicos del azabache en España y Nuevo Mundo, Compostellanum, XXXVI, n. 3-4, Santiago de Compostela, 1991, pp. 467-531]. (*) Ángela Franco es responsable del Departamento de Antigüedades Medievales del Museo Arqueológico Nacional.

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