Recuerdos de un maestro
CUANDO Vicente Pueyo, me dijo ayer que «Chencho» había hecho el último viaje y me pidió unas palabras, pensé que todos los periodistas, sobre todo los mejores, deberían dejar redactados sus propios obituarios para evitar a los amigos el dolor de reducir a signos los sentimientos más dolorosos. Los míos hacia «Chencho» se pierden en los años sesenta, cuando cayeron en mis manos algunas de las magníficas entrevistas con las que el ilustre oterano-bañezano daba ya clases de periodismo desde Proa , donde un falangista liberal llamado Primitivo García le había dado la alternativa. Como torero de la pluma, se ganó a pulso el sitio. Mi profesor de redacción de Columbia, Melvin Mencher, le habría dado sobresaliente. Escribía de todo y sobre todo siempre que afectara o importara a mucha gente, da igual la razón. Fue explorador y descubridor incansable de acontecimientos, personas y actividades únicos. Sus entrevistas iban siempre precedidas de una semblanza precisa, documentada y literariamente impecable. El libro en el que muchas de ellas han quedado recogidas es una guía indispensable para conocer a las fuerzas vivas, muertas y moribundas de León en el último medio siglo. Frases cortas, estilo desenvuelto, pinceladas exactas, ironía desenfadada, buen periodismo. Escuchaba, la primera condición para escribir bien. Siempre abierto a nuevas ideas, aunque no las compartiera. Dejaba que sus entrevistados se explicaran. No interrumpía, salvo en situaciones extremas. Se concentraba en lo que el otro decía, no se perdía en apariencias. Sus preguntas eran directas, no se iba por las ramas. Autodidacta, su universidad fue la vida, su facultad la calle, su especialidad el periódico. Aunque, como tantos de nosotros, acabara dejándolo parcialmente por la universidad, durante diez años siguió volviendo a los lectores desde el balcón que le brindó este diario. Vivió y, hasta donde su oficio se lo permitió, dejó vivir. Corazón de izquierdas, sociable, buena gente, no había rincón leonés -político, educativo, económico, social o deportivo- que no escudriñara. Era una caja de sorpresas siempre medio abierta de la que, cuando menos lo esperabas, escapaba el genio para hacerte reír, sonreír, llorar y, sobre todo, pensar. A Primitivo, cuando lo fichó, le atraía un cierto parecido de estilo entre «Chencho» y Pedro Rodríguez, una de las mejores plumas del tardo franquismo. Leonés, castellano, europeísta y humanista, explicaba con el mismo brío la América de Bartolomé de las Casas que la España de Zapatero. El tiempo o la distancia eran secundarios en sus columnas, pues todo lo transformaba en un presente continuo, lleno de sabiduría. Vuelvo al maestro de la entrevista que descubrí en mis años de adolescente, mucho antes de que, la noche de mi pregón en la Bañeza, compartiendo mesa y mantel, me dictara la segunda gran lección sobre mi lugar de nacimiento. La primera, años antes, me la había dado, en las fiestas de agosto de 1968, otro bañezano ilustre que ha compartido durante mucho tiempo, tal vez más que nadie, mesas, barras y periódicos, en plural, con «Chencho»: Antonio Núñez Morán.