Desde tu balcón
Te recuerdo en tardes de fútbol y humo. Te recuerdo asomado a tu balcón. Y recordaré tu fina ironía en aquellos tiempos en los que había toque de silencio. Pensaba que la muerte te había emboscado este maldito lunes, pero creo que la muerte sólo sorprende a quien no apura una vida cada día. Hace unos meses, cuando Gamoneda, tras descubrir una hermosa lápida en la casa donde pasó su infancia, nos emocionó con el recuerdo de las cuerdas de presos que él veía desfilar de niño bajo su ventana, superamos el trago encendiendo un cigarrillo, y reímos al ver al gran poeta esquivar a los fotógrafos para acompañarnos en las reconfortantes bocanadas de este placer proscrito. Parecía que estabas de vuelta de todo y, sin embargo, jamás perdiste tu capacidad de asombro. Recuerdo la columna que le dedicaste al entrañable José María Suárez, «alto, muy alto; grande, muy grande». Como él, tú también, amigo Chencho, llenaste la vida leonesa. Y en aquel doloroso trance, como lo es este, compañero, igual que tú abriste de par en par tu balcón para cantar al hombre, al amigo, consciente de que el llanto no escribe, quiero decirte: hasta siempre, hasta luego, hasta ahora...