«Yo no volvería a repetir mi vida»
Gervasio Sánchez continúa con el proyecto de desaparecidos que presentará en el Musac en el año 2010, un homenaje a los que han perdido su vida para que la sociedad no olvide la tragedia de miles de muertos sin nombre
« Antes de nacer, sus vidas ya estaban heridas». Las suyas son historias prendidas en la fugacidad de un solo instante que se ha repetido como una letanía, vidas encerradas en el recuerdo tenebroso de una ausencia forzada, de una desaparición que ha mutilado su tiempo. Porque los cientos de miles que se quedaron tuvieron que renunciar a su presente para completar con su renuncia el futuro cercenado de sus maridos, de sus hijos o de sus padres. Por eso, muchas de esas vidas se detuvieron antes de nacer y otras se perdieron en el mismo momento en el que su familiar desapareció. Gervasio Sánchez presentará en el 2010 un proyecto con el que trata de mostrarnos el rostro de miles de almas minadas por el terror de los comandos, de los ejércitos o guerrilleros de países como Haití, Guatemala, Colombia, Argentina, Chile, Irak o Bosnia. Parte de este trabajo ya puede verse en la instalación fotográfica del Musac Crueldad y Dolor , un puzzle de 66 imágenes y 26 obras espejo protagonizadas por mujeres -con sus nombres y apellidos- que tienen a un esposo, un padre o un hijo desaparecido. Otras han perdido una de sus manos como castigo, caso de algunas mujeres de Sierra Leona. El periodista, reciente premio Ortega y Gasset, ha convertido este trabajo en una parte esencial de su propia vida, hasta el punto de que la investigación ocupa ya un espacio de 20 años, casi tantos como los que muchos familiares llevan reivindicando la memoria de sus desaparecidos. «Yo no volvería a repetir mi vida». Los testigos con los que Gervasio Sánchez ha compuesto este lienzo de duelos inconclusos han visto su vida pasar a la espera de recuperar una memoria que en algunos casos ni siquiera conocen. En su caso, el homenaje de la memoria, ese que debemos a nuestros muertos, se convierte en una forma de vida, en una vida impostada por la que muchos de ellos se convierten en estatuas de sal. «La memoria de mi padre hizo que de los 20 a los 60 viera cómo mi vida pasara delante de mí». A Gervasio Sánchez las historias de las víctimas se le han cosido en la retina. «Una de las madres de la plaza de Mayo hizo la cama de su hijo desaparecido cada lunes durante 26 años», recuerda el periodista, que cuenta cómo muchas de las mujeres siguen preguntándose si son viudas o esposas. «Las que han conseguido rehacer sus vidas y han vuelto a casarse son en algunos casos rechazadas por sus compañeras», lamenta. Se demuestra así hasta qué punto toda una generación de mujeres ha abdicado de su propio futuro para convertirse en Casandra, para interpretar el papel de conciencia de sus muertos. Hijas perdidas En otros casos, son las hijas de los ausentes las que frenan su vida para sentirse cerca del padre desconocido, de la figura protectora arrancada de su lado durante la infancia. «Son mujeres que nunca han podido tener una relación con alguien de su edad, porque les exigían un trato de amor semejante al de un padre con una hija». Y siempre se repiten los mismos rostros, tallados con el martillo de un dolor superior al que provoca la muerte, con los mismos ojos hundidos para no dejar de mirar atrás, para recordar siempre, y siempre con el gesto valiente de quien sabe que ya no cabe mayor aflicción, que, como aquellos el día de la detención, ellos también son ya moribundos. Porque en muchos casos, ellos también fueron perseguidos y porque en algunos otros escondieron su relación con los desaparecidos. «En el Irak de Sadam hubo víctimas perseguidas desde los seis años», asegura Gervasio Sánchez, que también cuenta casos de víctimas que han rechazado de manera cerval la verdad de sus vidas. Recuerda así los casos de hijos de víctimas que han crecido con los asesinos de sus padres. Como en los versos de Octavio Paz, algunos han preferido olvidar su vida verdadera de mentiras y otros recordar su mentirosa vida de verdades. Algunos han optado por seguir al lado de quienes subieron a sus padres a los helicópteros de la muerte, mientras la mayoría se ha atrevido a entrar en el patio 29 del cementerio general de Santiago y buscar los huesos sin nombre de unos padres recién encontrados. Porque en este caso para oír a los muertos hay que escuchar a los que han perdido su vida buscándoles: «¡Cómo me gustaría saber dónde está! ¿Es tanto pedirle a la sociedad? Si está en el mar, llevarle una flor, en la montaña, acercarme para encender una vela, si está en la tierra, que me digan... Dios quiera que así sea... para poder encontrar sus restos y darle una sepultura digna... saber que están ahí sus huesitos, que es parte de tu carne, parte tuya, parte de tu ser. Ese es mi único anhelo».