Diario de León
Publicado por
JOSÉ JAVIER ESPARZA
León

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CADA VEZ que veo Hospital central , me sorprende su contradictoria atmósfera: por una parte, todo el relato está preñado de un intenso discurso ideológico-moralizante que nos previene contra tales o cuales desastres de la vida moderna, a la vez que la serie abandera -una detrás de otra, y sin faltar ninguna- todas las causas «políticamente correctas» que le salen al paso; pero, por otro lado, los personajes de la serie clínica de Telecinco se tratan con auténtica saña, siembran ente sí odios propiamente cartagineses y convierten la vida profesional en una especie de jungla donde siempre gana el más malo. Hospital central tiene la rara virtud de dejarme en un estado de desasosiego, con unas enormes ganas de abandonarlo todo, salir pitando y retirarme al campo (a cultivar hortensias, por ejemplo) y, desde luego, a no aparecer por un hospital jamás en la vida, aunque las extremidades se me estuvieran cayendo a trozos. Es muy verosímil que todos esos caracteres recojan la personalidad de la gente de verdad, tal y como se manifiesta en la oficina, en el tajo o en el salón doméstico; pero si todo el mundo fuera así, este planeta sería inhabitable. Advierto de una cosa: yo no soy fan de la serie Hospital central . Seguí la serie al principio con cierto interés, pero me bajé entre la tercera y la cuarta temporada. Desde entonces veo este producto con ojos exclusivamente de crítico, es decir, por obligación y de manera discontinua. Es posible que eso altere un poco mi perspectiva, y que el espectador habitual vea las cosas de distinta forma. Si usted ve Hospital central , sin duda lo hará porque le gusta; es verdad que hay programas que se ven sin gustarle a uno, pero, en el caso de las series, lo normal es que el espectador simpatice con el producto. Siendo así, lo más probable es que usted no comparta mi crítica o, en todo caso, considere que los defectos que yo subrayo no son tan graves. «¿A qué viene toda esta cataplasma de paños calientes?», se preguntará usted. Viene a que, hace pocos días, un lector disconforme con cierta crítica mía me fustigaba como si el criticado hubiera sido él, y no el programa de sus amores. Lo que me resultó enojoso en el lance no fue la catarata de insultos -uno se hace a todo-, sino el comprobar cómo un ciudadano llegaba a identificarse con un programa de tal modo que su fidelidad le nublaba el juicio. Por eso me interesa subrayar que la opinión de un crítico no es más que la opinión de un crítico, y la tautología implica que reprobar tal o cual aspecto de una serie no significa atacar al espectador que lo sigue, ni a la cadena que lo emite ni a la gente que ha fabricado la serie en cuestión. Pues bien: aplíquese lo dicho a Hospital central .

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