Poeta
«Tenemos el deber de desobedecer; la vida carece de sentido sin resistencia»
Juan Carlos Mestre reivindica el valor de la poesía como brújula para buscar la dignidad; su último libro es un asalto a las conciencias adormecidas por la sociedad del bienestar

Juan Carlos Mestre en uno de los recitales ofrecidos en León
Juan Carlos Mestre regresa después de varios años de silencio. Con La Casa Roja , el poeta berciano hace una declaración de intenciones -comienza con Discurso sobre la dignidad del hombre, de Pico de la Mirándola-. Mestre agita conciencias y nos obliga a abrir los ojos, a sacudirnos la nostalgia del légamo y a justificar nuestro mundo en los demás. Con el verso crudo de Vallejo y la musicalidad de Verlaine, nos muestra las zanjas a las que el mundo aparta a sus desahuciados y vuelve a reivindicar que las estrellas son para quien las trabaja. El problema es que algunos nunca sabrán siquiera que existen. -¿Qué es «La Casa Roja»? -Decía Walter Benjamin que el botín supremo de los años es la cultura, no la plusvalía. En este libro desacralizo el discurso del poder a través de la ironía. La Casa Roja es una casa habitada por los huéspedes que han sido expulsados a la vanguardia de la cuneta. Pensé que después de La Tumba de Keats había llegado el momento de la ironía. -¿Realmente el hombre puede hacer tan poco? -Al hombre le queda el recurso de la imaginación, que es la alíada del pensamiento poético. En esta época en la que repetimos los fastos del 68 tenemos que reinventar la frase y en lugar de llevar la imaginación al poder, debemos usar la imaginación contra el poder. Tenemos el deber de desobedecer, porque la vida carece de sentido sin la resistencia. -Y ¿Cómo será cuando nadie sea nadie? -Ese verso pertenece a un poema llamado Los Refugiados . Creo que la sabiduría consiste en ser hoy porque cuando no quede más que la memoria de esta civilización, de esta nada en la que vivimos, sentiremos vergüenza del discurso que justifica la guerra, basado en la agresión, el maltrato, las nuevas formas de esclavitud... y, entonces, tan sólo permancerá la voz ética de la poesía. -¿Ha logrado arrancar algo a la muerte? -Tenemos muy cerca a un inmenso poeta. Antonio Gamoneda ha hecho algunas de las reflexiones más altas del pensamiento poético, del memento mori , de la finitud. La poesía arranca algo a las manos de la muerte y ofrece salvación. -Pero, sin embargo, vivimos en un mundo en el que la muerte ya no parece conmover. ¿Hay sitio para la poesía en un mundo así? -Creo en la utilidad de la poesía. Nos ayuda a volver a ser ingenuos, a adoptar el papel del niño que ve la vida desde un lugar no contaminado. La poesía es un acto de resistencia a la muerte. La sociedad perdona al criminal, pero nunca al soñador. Esta frase de Oscar Wilde es hoy más válida que nunca, porque demuestra que el elogio de la dignidad humana es el fin de la vida. Al final, siempre nos queda la certeza de que la felicidad es nuestra aspiración legítima. -¿Sigue pensando que la poesía no es un género literario? -Antes me refería a Antonio Gamoneda en el sentido de que la poesía es una manera de estar en el mundo. El único proyecto válido es el del espíritu, el que conlleva entender la vida, la muerte, encontrarse a uno mismo en la frente del otro... Decía Keats que el poeta es aquel hombre que ante cualquier hombre como un igual se siente, aunque fuere el monarca o el más pobre de toda la tropa de mendigos. La voz del poeta es un préstamo de voz. -Una vez dijo que escribía sólo lo que podía. ¿Sigue siendo así? -Uno es fruto de sus carencias y de su formación. Me enfrento de forma permanente a ideas que no sé resolver a través de las palabras. Tal vez es que no tenemos talento. Dice Gonzalo de Rojas que todo lo que ha hecho es fruto de un gran esfuerzo y de una permanente vigilancia. Creo que el don me ha sido negado y siento que tengo la piedra de Sísifo pegada a la frente. -Su obra es más intelectual que emocional. -No lo tengo claro, aunque no tengo el más mínimo prejuicio hacia lo intelectual. -Su poesía es bellísima, pero no en el sentido clásico de la palabra. Usted parece encontrar belleza en el légamo. -Decía John Keats que la verdad es belleza y la belleza es verdad. Yo creo que hay un espacio fundamental que hay que reivindicar: el de la justicia, uno de los valores más en crisis en la sociedad contemporánea. Siempre he creído que es más difícil enfrentarse a un semejante después de haber leído a San Juan de la Cruz. La palabra de Walt Whitman o la de de Lorca aportan una súbita cualidad de bien al hombre. La civilización basada en la palabra revelada es una manera de resistencia ideológica contra el paisaje amoral del mundo actual. ¿De qué otra manera podemos enfrentarnos a la pena de muerte sino a través de la dignidad de la palabra? -¿Hay alguna frontera entre su obra poética y su creación plástica? -Ninguna. Nunca me he planteado el hecho artístico como un compartimento estanco. Creo que hay que desafiar las clasificaciones porque son discursos que buscan que todo sea controlable por los policías de la cultura, por los críticos. Los actos creativos son uno de los derechos inalienables del hombre . Yo no tengo preceptos. Todo lo que hago es el resultado de las palabras que escucho y de las visiones que se me aparecen.