| Reportaje | 60º aniversario de la inauguración de la plaza de toros de León |
Y la ciudad contempló su plaza deobra...
El día de San Juan de 1948 el primer paseíllo se deslizó sobre el ruedo de El Parque. Después de tantas construcciones de madera, los leoneses podían presumir por fi
Las pinturas que decoraban la fachada de la plaza de toros, hoy perdidas
Justo hoy, hace sesenta años, la ciudad de León hacía realidad su deseo de tener una gran plaza de toros en la que celebrar los festejos que en la ciudad tienen una tradición de más de mil años; pero también una feria de calidad a la que quisieran acudir las grandes figuras del momento. Después de décadas de intentos infructuosos, de plazas de madera que gozaron de gran popularidad, pero que no dejaban de ser un querer y no poder, los leoneses «escotaron» para pagarse entre todos lo que era una aspiración desde hacía años. El día de San Juan de 1948 abría sus puertas por primera vez la Plaza de Toros del Parque, un impresionante edificio que hoy sigue siendo punto de referencia de una ciudad muy distinta de aquella que le vio nacer. Fue aquel un gran acontecimiento. Después de muchos avatares y no pocas prisas para finalizar a tiempo, como es habitual en todo aquello que requiera organización, ladrillo y paleta, la mañana del 24 de junio de 1948 la plaza era un hervidero de operarios de última hora, un ir y venir de autoridades para recibir, por fin, a público y toreros. Las crónicas de la época, y las órdenes que las autoridades dictaron para el acontecimiento, son buen reflejo de lo que la ciudad vivió aquel día de San Juan. Hace hoy sesenta años. Los arquitectos de la plaza de toros, los madrileños Miguel de Codes y Francisco Javier Yarnoz, repasaban los últimos detalles de la imponente plaza mientras los hermanos Martínez Elizondo, empresarios del coso en aquellas primeras ferias, organizaban en ajetreada última hora el festejo. Hasta el cura de la iglesia del Mercado trajinaba dando los últimos toques a la capillla. Desde la mañana cientos de leoneses y curiosos de todos los alrededores se acercaban al edificio para contemplar la grandiosidad de la plaza leonesa. Y eso que ya el día anterior se habían agotado todas las localidades para ver a las figuras que habían sido contratadas para pisar por primera vez la arena de este coso. Manolete, siempre ausente Recordaban en aquellos momentos los leoneses a Manuel Rodríguez, Manolete , quien un año antes se había comprometido con el entonces gobernador civil, Carlos Pinilla, a inaugurar el flamante coso que visitó entonces cuando pasó por León camino de otras ferias. No pudo cumplir su compromiso, poco después de parar a comer en León y apalabrar su participación en la corrida inaugural se cruzó en la vida del revolucionario torero Islero, en la plaza de Linares. Allí murió el torero y nació su leyenda. Pero el espectáculo continúa siempre, y con el recuerdo a Manolete se formó un cartel para la inauguración de la Plaza del Parque con tres de los diestros de más renombre del momento: Luis Miguel Dominguín, Pepín Martín Vázquez y Paquito Muñoz. Estoquearon toros de Felipe Bartolomé, en medio de una enorme expectación. Expectación que, según recoge la crónica de Descorchaíto, el crítico taurino de Proa, no se vio correspondida con los resultados artísticos: «La plaza se inauguró casi sin pena y casi sin gloria». El popular periodista describía así el ambiente previo al festejo: «La nueva plaza de toros de León es, por la gracia, andaluza. Por el color del ladrillo y el sol, castellana. Por el vocerío, navarra. Muchas ganas de aplaudir y muchas ganas de silbar, porque el público se metió desde el primer momento en el ardor combativo del sol. Sólo quedaron a la sombra los toreros. Un poco fríos, un poco desvaídos, apenas sin ansia de triunfo ni de pelea». Crónica que contrasta con el resultado numérico que, aparentemente, consiguió Luis Miguel Dominguín en el toro de la inauguración: dos orejas y el rabo. Se las dio, eso sí, un avispado subalterno que acabó pagando una multa por ello. El presidente del festejo, Jorge Muñiz, multó al de plata «por desobediencia a las órdenes emanadas de esta presidencia, cortando las dos orejas y el rabo al toro que abrió plaza en la corrida inaugural lidiado por el diestro Luis Miguel Dominguín». Fue una sanción de 250 pesetas porque «el subalterno se adelantó en acción, e hizo entrega al diestro de los trofeos mencionados». Es decir, la plaza de toros de León era nueva, pero a la autoridad no le temblaba el pulso a la hora de hacer valer las normas. Si la cuadrilla del popular torero quería aprovecharse de la bisoñez de la afición leonesa, pronto se dio cuenta de que aquí no valía cualquier cosa. Y es que no fue sólo el presidente del festejo el que recriminó la actitud de torero y cuadrilla. El respetable protestó cuando vio en manos de Dominguín más trofeos de los que había solicitado, y el diestro se enfadó. Tiró orejas y rabo al suelo y se negó a dar la vuelta al ruedo. Había estado «al estilo Dominguín, derrochando facultades y abusando del movimiento». En el segundo tuvo una actuación gris que pasó desapercibida. Peor impresión causó Pepín Martín Vázquez, que reaparecía de un percance y según las crónicas «estuvo desastros. Le fallaron las facultades y el corazón». El mejor de la terna fue Paquito Muñoz, valiente y alegre, aunque no cortó trofeos por el mal uso de la espada. Luis Miguel Dominguín volvió a repetir en aquella feria el día de San Pedro, alternando con Pepe Dominguín y Pepe Luis Vázquez; y el día 30 actuaron de nuevo Pepe Luis Vázquez, Antonio Caro y Julián Martín, en un festejo en el que uno de los toros fue condenado a banderillas negras. Hubo también en aquella feria inaugural espectáculo cómico-taurino, una cita habitual desde entonces en las ferias leonesas.