Diario de León

La feria del aniversario

La generosidad de León es un viaje de ida y vuelta

Veinticinco orejas se cortaron en los cuatro festejos de la Feria de San Juan, por sólo una bronca de un público festivo que crece en aficionados

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María Jesús Muñiz / Norberto - texto / fotos
León

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Cierta vez le preguntaron a Curro Romero que, de todos los públicos que conocía, cuál era el que más le agradaba. «El del tenis», respondió burlón el maestro de Camas, cambiando el viaje de la pregunta como cambiaba con su capotillo el de los toros. Romero vino no hace tanto a León, pero no le fue muy bien. Es de los pocos. De los muy pocos. Porque el público leonés es cariñoso y agradecido. Alegre y generoso. Y no por eso menos aficionado. Se piden muchas orejas, cierto; a faenas que no merecen tanto, cierto. En ello va el carácter de la plaza, y eso hay que respetarlo. Esta es afición que va haciéndose poco a poco, pero no es nueva ni pardilla. Generosa sí. Al fin y al cabo, los toros son de las pocas cosas en la vida en las que la democracia campa a sus anchas. En parte. En El Parque se dan muchas orejas porque así lo exige el público. Y la primera oreja que se concede a un torero la dan los espectadores. Lo dice el reglamento, la ley taurina. La segunda ya es cosa del presidente, y ahí aguanta el tipo, y alguna que otra bronca, Santiago García Guisasola. Lo hace sin cercenar el carácter festivo de la plaza. Así que sí, se dan muchas orejas. Veinticinco se repartieron los 14 toreros que han pisado la plaza en los cuatro días de festejos. Cortadas a 28 toros. Sólo hubo dos actuantes que se fueron sin trofeo. Y únicamente uno de ellos se llevó una bronca, también generosa, como corresponde a la afición leonesa. Fue la única. El público en la plaza de León es siempre el mismo y siempre distinto. Están los muchos aficionados que no cambian su abono por nada, y acuden fieles a su cita con los toros. Son siempre los mismos. Y muchos otros que eligen festejo según el día o, sobre todo, los integrantes del cartel. Así un día están los espectadores más silenciosos, otro jalean hasta al que recoge los excrementos,... Respetuosos siempre. En la feria que acaba de cerrar el portón se vieron todos esos públicos, uno y trino. Se echó de menos mayor apoyo a los toreros de la tierra, y daba gusto ver la plaza a reventar el último día de feria. Una pena que no tuviera mayor predicamento la de San Juan, cartel grande de arte y de poderío. Bien los rejones, que tienen su público muy fiel y también muy joven. Este espectáculo es cuna de muchos futuros aficionados. En fin, fue esta la feria marcada por la presencia de las grandes figuras del momento, de los triunfadores de ahora y de los que han triunfado siempre. De los que se están haciendo un hueco en León y de los que torean aquí como en el patio de su casa. Fue la feria a la que al final, después de mucho bregar, no vino José Tomás. No hubiera venido igual, porque está convaleciente, se consolaba el empresario. Convalece de sus hazañas mitad taurinas, mitad firma de la página mitológica que quieren imprimir quienes le han escogido para convencerse de que este es un espectáculo en el que se sufre y se muere. Los demás aficionados ya saben lo que hay, y no les hacen falta muslos partidos y ecce homos ensangrentados para respetar y valorar lo que hace cualquiera que se pone delante de un toro. Fue también la feria del fútbol. El calendario de la Eurocopa marcó las fechas de los festejos. Con acierto, porque como se vio el primer día, el público aplaudía aún la salida a hombros de los rejoneadores cuando volaba ante el televisor para corear el «Podemos» y el «A por ellos». Oe. Algún grito y alguna bandera se vio el último día en los tendidos. Pero no cuajó. Estábamos de toros, y cada cosa, a su tiempo. Y, en el centro de todo ello, el toro. La asignatura pendiente de la consolidación de esta feria, que en esta edición de San Juan tuvo sus caras y sus cruces. La mansedumbre de los de rejones viene convirtiéndose en tónica general en los festejos de este tipo en todo el país: hay hierros que se han especializado en el toreo a caballo, y es cada vez más difícil encontrar astados que no se refugien en tablas a las primeras de cambio y que sean colaboradores. Un dato a tener en cuenta cuando el arte de Marialba está en uno de sus mejores momentos. De toreros, de público, y de cuadras espectaculares que por sí mismas son capaces de hacer los delicias del público. Pero esto es, al fin y al cabo, un espectáculo taurino. El prestigio de la ganadería de Jandilla no vino acompañado de una presencia adecuada a la feria de León. Se paseó los dos primeros días de feria Borja Domecq por el callejón, pero en los corrales había dejado diez toros que dejaban bastante que desear. Tanto que pese al nivel de exigencia sólo pasaron el examen veterinario seis. Hubo remiendos de Vegahermosa, que tampoco salvaron el festejo por el lado ganadero. A los toreros de la tierra les tocó lidiar con los más guapos de cara, aunque la presencia no se correspondió con las intenciones. Los toros de San Miguel parecieron andar más preocupados por lo que se cocía en los juzgados sobre sus antiguos dueños (empapelados en el caso Malaya) que por lo que tenían que dar en el ruedo, y no se lo pusieron fácil a los diestros. Que mostraron, sin embargo, seriedad, recursos y muchas ganas de aprovechar la oportunidad. Sobre todo Javier Castaño, triunfador siempre en León, que no defrauda en su pueblo. Cerró la feria Zalduendo, fiel como siempre a su cita con León. Fernando Domecq contempló como siempre el festejo desde el callejón, y salió entre palmadotas en la espalda por un nuevo triunfo. Con vuelta al ruedo al primer toro del encierro incluida. Los zalduendos dieron buen juego, como siempre, pero este año estuvieron mejor presentados que en ediciones anteriores, lo que se agradece. Hubo alguno que bajó un poco el tono, pero teniendo en cuenta la experiencia anterior se subió un peldaño. La afición espera que se escalen algunos más. No hacen falta exageraciones, como demuestra el peso de buena parte de los toros que salieron esta última tarde; pero sí cierto cuajo y unas cabezas dignas. Que sea de aquí en adelante. Por la parte de los toreros, se fueron con tres orejas en el esportón cada uno Pablo Hermoso de Mendoza, Andy Cartagena, Miguel Ángel Perera, Enrique Ponce, El Fandi y Cayetano. Cortó una en cada uno de sus oponentes Alejandro Talavante, que también se fue por la puerta grande. Y con una se quedaron Morante de la Puebla, El Cid, Javier Castaño, Javier Valverde y Joselillo. No tocaron pelo Fermín Bohórquez y Finito de Córdoba, que se llevó la única bronca de la feria. Un ciclo, por cierto, marcado por la polémica de los festejos de ocho toros. Este año se lanzó al ruedo el empresario y apretó a las figuras en los carteles para programar dos con cuatro toreros. Hay partidarios y muchos detractores. El empresario defiende que a quien le gustan los toros agradece una figura más a cambio de prolongar media hora los festejos. El debate está ahí. El próximo año lo sabremos. Volverán los toros en San Juan, como manda la tradición. O antes, si así lo decide don Gustavo Postigo. 1397124194

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