Diario de León

EL INVENTO DEL MALIGNO

Generación d. F

Publicado por
JOSÉ JAVIER ESPARZA
León

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ANTENA 3 aprovechó la otra noche el creciente tirón de Física o química (una calamidad que se veía venir) para estrenar su nuevo producto de ficción, Generación d.F. La estrategia de estreno era buena. Quizás ha sido lo único bueno de todo cuanto rodea a este producto, que es uno de los más flojos que hemos visto en pantalla desde hace años. Generación d.F. quiere ser una radiografía de la generación nacida después de Franco (d.F.). Para ejecutar tal cosa, una espantosa voz en off guía un relato que la cámara capta a modo de documental «callejero» y que los actores tratan de poner en escena interpretando un guión muy artificioso, lleno de tacos y guiños soeces para aparentar «naturalidad». El estreno no llegó al millón de espectadores, con una cuota del 13%. Esta serie tiene un problema de base: está pensada por dos cincuentones -Eduardo Campoy y José Manuel Lorenzo- que se dirigen a una generación más joven para contarles no cómo son ellos, los cincuentones, sino cómo es esa generación siguiente. A partir de aquí, todo el edificio se desmorona por su misma base. Que los guionistas sí sean treintañeros no cambia demasiado las cosas, porque todos sus enfoques vienen marcados de origen por el prejuicio de papá, o sea, de la «generación progre». El planteamiento ideológico del producto -del que es inevitable hablar, porque productores y guionistas han insistido en él desde su misma presentación- es inequívoco: ellos, los papás, vivieron en un mundo «castrado» (sic) porque no pudieron tener acceso a determinadas referencias culturales, literarias, cinematográficas, etc., pero fueron gente progresista y abierta; por el contrario, los otros, los «d.F.», que sí han tenido todas esas referencias, resulta que en muchos aspectos son «muy conservadores» (resic). Aparte de que habría mucho que hablar sobre la supuesta «castración cultural» en España después de 1968 (la censura ya no era entonces ni sombra de lo que fue, por fortuna), y aparte también de que cabría discutir la calidad del progresismo de unos y la realidad del conservadurismo de otros, el problema es la absoluta incomprensión de un fenómeno de cambio social que se ha producido en todo Occidente al mismo tiempo, es decir, sin relación con Franco. Ni España es el centro del mundo ni la «generación progre» es el pivote de la Historia Universal. Habría sido interesante, tal vez, examinar ese cambio; pero como hay un error de concepto que es vincularlo al franquismo, el examen carece aquí de cualquier interés. Y si a todo eso le añadimos unos diálogos puestos al servicio de la moraleja de la historia y un rodaje de cámara al hombro, el resultado final es simplemente desastroso. Eso es Generación d.F .

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