opinión | josé enrique martínez | CATEDRÁTICO DE LITERATURA
Palabras urgentes para Antonio Pereira
COMO DURANTE estos últimos días no llamabas empecé a pensar que tal vez algo no iba bien. Lo que no sabía era que el de arriba, como tú decías, había acordado otra cosa. Y así, en la tarde del sábado, en que la noticia corría entre amigos y lectores, sentimos que habíamos quedado huérfanos de ti y de esa palabra que nos llegaba caliente de tu misma boca. No de la otra, la que permanecerá en tus libros y nos seguirá acompañando en nuestras soledades.
Pero ¿cómo leer nada tuyo sin el aliento cercano de tu persona?
No recuerdo ningún otro en el que la palabra escrita se parezca tanto a la hablada, porque te leo y creo escuchar tu voz, tu gracia, tu ingenio, ese fino humor con el que ibas enhebrando la conversación o la charla desde el estrado.
Sobre la mesa tengo un libro reciente sobre el Bierzo en tu obra. Pero lo que me sobresalta y enternece ahora es el retrato de la portada, que firma Carralero. Miro tu rostro y veo unos ojos quizá cansados, pero con la expresión de bonhomía que te caracterizaba -"no me acostumbraré a hablar en pasado-" y como si miraras el mundo sosegadamente, con actitud comprensiva, desde la cumbre experimentada de la vida. Pero mientras escribo, simultáneamente, me doy cuenta de que ya las palabras no valen nada, porque ni las vas a oír ni las vas a leer, y esa sensación de vecindad -"realidad en mi caso-" que siempre hemos sentido al leer tu poesía o tus cuentos, será una vecindad sólo literaria, y no es poco, porque en tu obra reconocemos lo que significa el humanismo más hondo que es la convivencia amistosa con los semejantes, la simpatía sentimental, los guiños y sobreentendidos, la gracia maliciosa y ese gusto por contar historias menudas con las que has sabido construir tu obra, desde ahora ya conclusa y definitiva, y eterna mientras la letra y el hombre existan.
Mañana hablaré contigo de otras cosas.
Hoy y en este momento quiero reenviarte unas palabras tuyas:
«Mi muerte no la sabré. / Por qué habría de llorar / la pena que no ha de ser».
Pero la nuestra sí es pena, y es lo único que quería decirte.