Diario de León
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El invento del maligno rosa belmonte

C heques y lágrimas. En dos palabras se puede resumir El secreto , el nuevo programa de periodicidad arbitraria de Antena 3.

Un arquitecto millonario va a La Coruña y se involucra con varias asociaciones de voluntarios con la excusa de que está rodando un documental sobre voluntariado social. La voz en off (se agradece, al menos, que no haya presentador plasta) nos conduce por su desahogada casa (el vestidor es como el piso de muchos) y cuenta que nuestro protagonista, «cosmopolita y sofisticado», va a cambiar el traje de sastre «por ropa usada». Ropa usada, el tío, mira qué cosa. Usada y casual, pero muy pija, eso sí. Después de vivir cinco días con los 45 euros que le dan (y de desperdiciarlos; pues no va a comprar mortadela para cenar y se lleva medio kilo); de dormir en una casa de acogida promovida por un médico altruista; de colaborar con dos asociaciones, una que lleva en ambulancia a mayores impedidos, y otra que ayuda a enfermos de sida; de limpiar váteres y su conciencia, al final hace una donación repartida entre todos de casi medio millón de euros. Se pone el traje de superhéroe (el traje de sastre que había abandonado), se presenta ante sus nuevos y desinteresados amigos, les dice lo de «soy el típico rico» y los pasma repartiendo cheques, locales y pisos amueblados.

El sensiblero programa anda entre 21 días, Esta casa era una ruina y El conseguidor . Si se pone una cínica, piensa en qué magnífica publicidad ha hecho el tipo a su estudio de arquitectura (el letrerito salía varias veces). Si se pone una blanda, piensa en la bondad humana y en que toda esa gente que ayuda a los demás sin ánimo de lucro (o de figurar) todavía se merece mucho más. Si se pone una en modo espectadora de televisión, piensa que menudo rollazo (pese a la corrección).

Que a qué vienen los cortes con avances de lo que va a pasar si no se va a publicidad (aunque supongo que eso no pasará en el futuro). Que por qué no hay ritmo ni vida en la narración. Que por qué no se tira un poco del humor en lugar de abusar tanto de la lágrima fácil.

El programa, eso sí, tiene un mérito. Aunque no se den datos de ninguna oenegé ni de cuenta corriente alguna donde retratarse, es la mejor publicidad que he visto en televisión para marcar en la declaración de la Renta la casilla de fines sociales.

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