Diario de León
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Y es que la vida de Diario de León no se entendería sin la figura de Crémer. Sus primeros artículos ya alardean de la capacidad del periodista para quitar caretas y devolver a la metáfora su sentido pragmático. Una burla de la naturaleza humana en la mejor línea de Moliére es este Camoens de mi vida en el que el escritor se burla de la moda de levantar estatuas a los héroes de la patria: «…Portugal quiso perpetuar la memoria del autor de Las Luisiadas con un monumento. Vino la inevitable suscripción nacional con su comité correspondiente y una campaña de prensa que daba gloria. Los miles de reis llovían sobre el comité. Pero, como según mis noticias, hacen falta dos millones de reis para tener dos pesetas cincuenta, resultó que al cerrar la suscripción y sumar el comité central los reis daban un producto de dos mil pesetas. El Comité, un poco avergonzado, se dirigió a un escultor de nota: —¿Nos podría hacer usted un busto de Camoens? —¡Ya lo creo! —Pero modesto, ¿sabe? Queremos un busto modesto, porque en confianza, no tenemos más que dos mil pesetas para todo. —Pues con 2.000 pesetas no le hago yo ni una peana al busto de Vasconcellos. —Mire que es un compromiso nacional!... ¡Mire que nos arrastran si el busto no aparece! (El escultor medita un momento) —Bueno, dice al fin, ¿A ustedes les dará lo mismo un busto cualquiera? Yo tengo ahí, en el taller, un busto. Es un retrato que me encargó un cónsul del Paraguay y luego no quiso pagármelo porque dijo que no le había puesto guantes ¡Guantes a un busto!.. ¿Dónde se los iba a poner?... ¿En la nariz? —¡Veamos, veamos el busto! —El comité delibera y acuerda que el cónsul de Paraguay, con ligeros retoques, podría hacer un Camoens muy decente. —Pero ¡Camoens era tuerto!_ dice amargado el presidente. —¡No importa!_ replica el escultor. Ahora mismo le pego un martillazo en un ojo. ¿De cuál era tuerto? ¿Del derecho? (El comité se queda perplejo y se pone a deliberar) —No sabemos de cuál señor escultor, pero eso es lo mismo. Bórrele usted el ojo que le haga más gracia. (Pum pum… Dos martillazos y el ojo del cónsul sale echando chiribitas). El comité está encantado. Para completar la obra hace falta colocar al pie del busto una lira. Así lo exige el proyecto. Pero como el bronce cuesta muy caro, el comité acuerda por unanimidad que la lira sea… ¡de madera! YY así han colocado el busto. ¿Se extraña ahora el lector de que los anarquistas del kiosco de la plaza de San Pedro arrojasen una bomba contra la manifestación que venía de inaugurar el mamarracho? No; eso no ha sido un atentado anarquista. Ha sido una protesta anticipada de todos los hombres que se creen en Portugal con derecho a estaturas. Que son tantos como reis.» Durante todo los artículos que ha firmado en Diario de León, ha mantenido Victoriano Crémer su compromiso ético. Sus columnas nunca han sido ni efectistas ni artificiosas. Están escritas desde la honorabilidad intelectual y dejando a un lado la conveniencia del momento, entuerto que hoy en día parece perpetuarse con la vulgaridad que imprime la rutina. En Diario de León escribe en 1973 un artículo que titula Ya está bien con el que se opone —lo haría de manera reiterada— a la configuración autonómica que terminaría con León de comparsa. «… Y dado que no es conveniente que nos declaremos guerras regionales por la intromisión pedante; de un palentino que no entiende cuáles son los fundamentos de la unidad leonesa dentro de la variedad geográfica, étnica, lingüística incluso, lo mejor que podrían hacer los palentinos, burgaleses, vallisoletanos y portugueses es dejarnos a los leoneses en paz sin meterse a arreglar nuestra casa, para la que nos bastamos y a veces hasta nos sobramos nosotros. Ya está bien de que todo bicho viviente —y lo de bicho es solamente una metáfora— se meta a opinar sobre nuestra vida y costumbres». Y es que a Crémer le dolía León, ese León que, como él mismo decía, «hace sus hombres y les deshace en el recuerdo». Buena muestra es este artículo en el que se mofa de las sempiternas promesas hacia la provincia. Lo hace con motivo de la visita de Rodríguez Sahagún, por entonces ministro de Industria: «…Se inicia una nueva etapa… Siempre que los leoneses estén dispuestos a comprometerse, aceptando el reto que les brindo. La frase es estimuladora, turbadora y altamente confundidora. Porque en realidad ¿qué es lo que el señor Sahagún quiso decir: que nos retaba a los leoneses a que por nuestra propia iniciativa y mediante el sacrificio exclusivamente leonés, contando con nuestra capacidad de ahorro y con nuestra voluntad de salir de su marginación, digo que si el señor ministro se refería o sugería la posibilidad de una nueva etapa para León sobre la base de su exclusivo sacrificio, dado que ni el Estado ni la administración _son sus palabras_ pueden ser excesivamente paternalistas? Y se convencieron de que lo que los leoneses no hagan por sí mismos, con sus propios dineros (…) se queda sin hacer… Para ese viaje ¿necesitábamos alforjas ministeriales?» La pluma de Victoriano Crémer es, como escribió Francisco Umbral, la de un maquis intelectual. Su trazo intelectual siempre estuvo por encima de todos los demás. Puede que sea porque el mundo se ve de otra manera desde la altura de la centuria, o puede que, simplemente, fuera… —«En mis hambres mando yo»— su manera de estar. El caso es que Victoriano Crémer ha cosechado miles de cuartillas que, a su vez, han producido espacios para la reflexión, para la crítica, para la emoción, para la vida… Ningún periodista leonés ha sido ni será nunca tan leído y escuchado. Él mismo explicaba que la única manera que conocía de rellenar la soledad era escribir y leer. «Se aburren sólo los que no piensan más que en vivir de manera mostrenca». Le dijo a Verónica Viñas que la muerte le cogería agarrado a la pluma, y así ha sido. En la carpeta del periódico descansan al menos catorce de sus Crémer contra Crémer que ya nunca se publicarán. Y él, que fue capaz de mirar el mundo desde la altura de los 102 o 103 años —su edad ya forma parte de la leyenda— sufrió el castigo de tener que ir despidiendo amigos. El último, Antonio Pereira, al que dedicó una de sus columnas. Se tituló Hombres que dejan huella y hoy se convierte en su mejor epitafio: «Lo que caracteriza a este hombre singular, además de su obra literaria es y será por sus sentimientos de ser humano sin recelos, sin trampas, sin mezquindades: un ciudadano de bien, mágico cuando escribía y conmovedor cuando expresaba sus opiniones»... Victoriano del alma, compañero...

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