«Perder la raza vacuna mantequera leonesa fue toda una catástrofe»
Víctor del Reguero narra en un nuevo libro la epopeya de los pioneros del «filón blanco» lacianiego en «Juan y Ventura Alvarado. La época que doró la manteca»

Ventura, uno de los hermanos Alvarado, en una de sus demostraciones.
Innovadores tanto en lo educativo como en lo económico. Laciana vivió una época de experimentos y empresas soñadas que Víctor del Reguero describe con asombrosa exhaustividad en su nuevo libro Juan y Ventura Alvarado. La época que doró la manteca . Pero, ¿cuál fue el caldo de cultivo de esas iniciativas que tuvieron su eco e impronta incluso a nivel nacional?
«El interés por lo educativo, por lo docente, la cultura, venía de antiguo en Laciana -”comenta su autor-”. Todos los pueblos tenían su escuela y su maestro, por pobres que fueran. Pero sucede que, a finales del siglo XIX, con la creación de la Institución Libre de Enseñanza, se funda en Villablino la primera escuela de la Fundación Sierra Pambley, tutelada por grandes pedagogos como Giner o Cossío». Recuerda Del Reguero que ese fue «un centro pionero en España, centrado en la formación mercantil y agrícola, que posibilitó una formación envidiable a numerosas generaciones de lacianiegos y babianos. Y cabe señalar otras iniciativas filantrópicas en pueblos del entorno, como las escuelas de Álvarez Carballo o Álvarez de la Puerta en Caboalles de Abajo. Y eso se unió a la existencia en Madrid de paisanos comerciantes que colocaban a los mozos en sus prósperos negocios, y a la corriente europea de emigración a Sudamérica en aquel momento».
Por aquel entonces, el procedimiento de elaboración de la mantequilla era arcaico, rudimentario, antes de ser mejorado con los procedimientos industriales que se aplicaban en Europa. Y así, explica Del Reguero que a Francia, Suiza o Bélgica «viajaron los profesores de la escuela en no pocas ocasiones. Mantenían un contacto constante con centros y laboratorios lácteos de allende los Pirineos. Ventura estuvo un año en Mamirolle antes de ser profesor en Villablino. Lógicamente, todo ello hizo emprender negocios florecientes que explotaron ese filón, como Mantequerías Leonesas, que fue fundada por un alumno de la escuela, Marcelino Rubio, y en la que trabajaron muchos alumnos».
Pero más que los grandes nombres de la fundación, quienes hicieron posible el éxito de la mantequilla «fueron otros nombres más modestos, y casi anónimos, como Juan Alvarado o ese gran desconocido que es Manuel Díaz Seco. Y realmente a ellos está dedicado este libro», apostilla el autor.
La unión hizo la fuerza. Para Víctor del Reguero, la mantequilla fue el eje de una verdadera revolución en la montaña occidental leonesa. «Hasta aquellos años, la mantequilla se había explotado, pero muy por debajo de sus posibilidades -”reflexiona-”. Se inició la mejora de la raza vacuna mantequera leonesa, se trabajó para que la mantequilla y los quesos hechos aquí se abrieran mercado en Madrid y, sobre todo y creo que más importante, se concienció a la gente de que lo que podía haber era -˜el futuro-™. Es decir, se le hizo ver que desde la cooperación se podían conseguir cosas. Y así se creó prácticamente una cooperativa lechera por pueblo, a la que la gente llevaba sus lecheras para hacer mantequilla. Con esto se consiguió, por ejemplo, que Mantequerías Leonesas, por ejemplo, tuviera que pagar más caro el litro de leche de lo que lo había pagado hasta entonces. Y esa mejora repercutió, sobre todo, en los ganaderos. Después ya llegaría la mina-¦»
La gran pregunta es por qué León no ha podido mantener esas empresas, por qué un recurso económico fundamental para esta tierra como es la leche no sólo no se ha desarrollado sino que cada día pierde más fuerza. Del Reguero busca una explicación: «En el caso de Mantequerías Leonesas se unieron varios factores. En la guerra fallecieron dos de los hijos del fundador y él mismo. Posteriormente quedaban tres y sólo uno de ellos se interesó por la empresa. Cuando falleció, a finales de los sesenta, el negocio comenzó a languidecer por diversas cuestiones, si bien ya para entonces se había convertido en otra cosa, eran más bien tiendas-supermercado que mantequerías en sí. En el caso de León habría que hablar también de la pérdida genética de la mantequera leonesa, una catástrofe para la fabricación láctea. Pero tal vez tenga una explicación mucho más sencilla y sea que los lacianiegos, todos los leoneses, no sabemos valorar primero, e impulsar después, las riquezas de este tipo que tenemos, y que no son pocas. Lo cual tiene relación con la cooperación a que aludía antes, y también con algo de apego a lo nuestro».