Diario de León

CINE

«Arrástrame al infierno»: Sam Raimi vuelve por sus fueros

La película consigue asustar y divertir

Sam Raimi no ha perdido con los años ni un ápice de la ironía que demostró en sus inicios.

Sam Raimi no ha perdido con los años ni un ápice de la ironía que demostró en sus inicios.

Publicado por
Jesús Vidal | León
León

Creado:

Actualizado:

Esta semana se ha estrenado en las salas españolas «Arrástrame al infierno», la última obra del director americano Sam Raimi, conocido para el gran público por ser el responsable de las tres entregas de la adaptación del cómic de la Marvel «Spiderman» y convertido en cineasta casi de culto de los fans del cine de terror afín al «gore», gracias a la trilogía formada por «Posesión infernal», «Terroríficamente muertos» y «El ejército de las tinieblas».

Esta última cinta ha supuesto la redención del director que, tras su «affair» comercial con el hombre-araña, reinvindica la esencia de un estilo de terror que él mismo inventó en los años 80.

La trilogía encabezada por «Posesión Infernal» rezumaba ingenio, talento en el manejo de las cámaras, y, sobre todo, vísceras.

Las premisas argumentales eran muy sencillas: Un joven, Ash Williams, va con su novia Linda y varios amigos suyos a pasar un fin de semana a una cabaña en un bosque y el hallazgo del "Libro de los muertos", encuadernado con piel humana, precipita que todos los jóvenes menos él sean poseídos por unos demonios crueles y malvados, que se ríen del pobre chico, que acaba descuartizando a sus compañeros.

Este humor negro que impregna todo el film constituye el germen de uno de los dos grandes logros que conquistó Sam Raimi, que fue capaz de mezclar el típico chiste de porrazos al más puro estilo Charlot (Slapstick) con el «gore» más atroz y sanguinolento (Splatter).

De la fusión de estas dos tendencias nació el splattstick, en el que las más sangrientas escenas desembocan en una sardónica carcajada, y mientras el atribulado Ash sufre los ataques de las hordas del mal, las criaturas demoníacas y los espectadores no paran de reir.

La otra gran conquista que culminó en estos trabajos este realizador atípico fue una reinvención del recurso de la «cámara subjetiva», que aquí ya no servía para mostrar los sentimientos de las personas, sino que los movimientos bruscos de la imagen se convertían en los ojos del Mal, que se acercaba de una manera rápida e inmisericorde hacia la víctima.

Precisamente, estos elementos hacen que la nueva «locura» de Raimi, con un argumento a priori totalmente previsible que arranca de la maldición que una vieja gitana echa a Christine Brown, una joven y ambiciosa empleada de banco que acaba de embargar la casa a la anciana, resulte ser una muy correcta y original película de terror, muy distinta a las que se llevan ahora, que destaca por su frescura y por unir de una forma natural el susto con la carcajada.

En la aventura que emprende la chica por salvar su alma de ser poseída por el más malvado de los demonios no faltan momentos en los que el espectador es llevado del grito a la risa en un segundo, como en la secuencia en la que el espíritu, que ha poseído a un joven, se pone a bailar.

El realizador nos muestra otra vuelta de tuerca en la utilización de la cámara y el mal se desplaza de manera muy similar a como lo hacía en las cintas antes citadas, pero ahora unas molestas moscas acompañan los movimientos del objetivo y se posan «en la pantalla».

Tampoco Raimi ha dejado en el sótano de su cine a la trilogía que lo encumbró en el género, y son varios los autohomenajes que vemos en esta película. Destacan, sobre todo, la imagen de la mano de la protagonista emergiendo de la tumba, muy parecida a la carátula de «Posesión Infernal» y la mano de la gitana, que cobra entidad propia mientras golpea la mesa y recuerda de manera muy cercana a la que deambula sola en «Terroríficamente muertos», sin olvidar que el novio de la protagonista promete llevarla a una cabaña, cuando su pesadilla termine.

En definitiva, estamos ante una propuesta que nos aleja del horror «a la japonesa» y que consigue de manera sobresaliente los dos objetivos que debe tener toda buena película de terror, es decir, asustar y, sobre todo, divertir.

tracking