Diario de León

opinión | el invento del maligno

Alusiones

Publicado por
jorge javier esparza
León

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Sie mpre es extraño verse convertido en objeto de fuego televisivo. Como aquí hemos criticado a Vázquez en Sálvame , Vázquez se ha tomado la revancha en su programa poniendo a caldo a este humilde escriba, incluido el recurrente reproche de «homofobia». En realidad Vázquez no ha contestado a las críticas, sino que se ha limitado a la agresión personal y a amenazar con «nuevas revelaciones» sobre los críticos en general y un servidor en particular. Bueno: con su pan se lo coma. Cada cual tiene la credibilidad que tiene, y la de Vázquez ya está bien tasada. Lo que me parece muy mal, porque es deshonesto, es que Vázquez envuelva su airada queja en la bandera arcoiris de la reivindicación gay, como si lo que se estuviera ventilando tuviera algo que ver con las preferencias sexuales del sujeto en cuestión. Cada cual puede pensar lo que le dé la gana sobre la homosexualidad (digo yo, ¿no?), pero ese es otro debate. Aquí no estamos hablando de eso, sino de una forma concreta de hacer televisión. ¿Y de verdad cree Vázquez que su forma de hacer televisión sería apreciada por Oscar Wilde, Franco Zeffirelli, Henry de Montherlant, Francisco Nieva o Pier Paolo Pasolini, por citar sólo un ramillete de homosexuales sublimes? No, no: si Vázquez hace una televisión fétida no es por ser homosexual, ni tampoco él tiene derecho a cargar a los homosexuales en general -"ni en particular-" con la culpa del asunto.

Si Vázquez hace esa televisión es, lisa y llanamente, porque como profesional ha perdido cualquier tipo de principio ético y estético. Por supuesto, hay otros muchos como él, lo mismo homos que heteros. Y es que el problema no está de cintura para abajo, sino de cintura para arriba. El problema de la televisión en España radica en que buena parte del medio está en manos de empresarios que sólo piensan en la cuenta de resultados y ni siquiera ven la televisión que gestionan; empresarios auxiliados en la tarea por una pléyade de comunicadores sin conciencia alguna de su función social, sin la menor noción de las consecuencias públicas de lo que hacen, y que sólo van a la pasta.

Y una cosa y otra se agrava por la inhibición sostenida de unas instituciones, desde la Justicia hasta los sucesivos gobiernos, que no meten la mano en el jarrón porque tienen pavor a ver su imagen maltratada en la pantalla. Así de simple. Mientras eso no se solucione, en la tele española seguirán mandando los vázqueces. ¿Tiene pinta de solucionarse el asunto? No. Ergo, ya sabemos quiénes van a ganar esta guerra: los malos. Pero, por lo menos, que no pretendan dárselas de virtuosos: la credulidad de la gente tiene un límite.

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