OPINIÓN
Mi repulsa absoluta al fascismo
El verano del año pasado visité el Campo de Extermino de Auschwitz, en la actual Polonia. Para llegar al mismo desde Cracovia hay que recorrer varios kilómetros en coche por unas carreteras en un pésimo estado, con escasas indicaciones y a través de unos parajes escabrosos. La llegada a Auschwitz se hace de improviso, observando tan sólo unos muros con alambradas que en nada indican lo que puede contener su interior. Una vez allí, la entrada muestra unos raíles casi imperceptibles y un edificio donde se exponen los planos del campo. La entrada, libre, sólo requiere silencio, un silencio que repetidamente se recuerda en cada paso que se da en el campo. El acceso al recinto es sencillo, casi como sin darnos cuenta. Una vez traspasada la alambrada que recorre la parte interior del recinto, comienzan los barracones donde millones de seres humanos fueron hacinados por el simple hecho de profesar una fe, una ideología, una orientación sexual, o por pertenecer a una determinada etnia. Miles y miles de fotografías nos muestras personas normales; personas como usted, como yo, como cualquiera. Personas normales que fueron sistemáticamente asesinadas por el hecho de profesar una fe, de tener una ideología, una orientación sexual, o por haber nacido. Poco importaba la razón. Estuvieron allí y fueron asesinados. Las caras de estas personas impresionan. Impresionan porque una cosa es narrarlo y otra cosa es verlos; ver a seres humanos que perfectamente pueden ser nuestros vecinos, nuestros parientes, nosotros mismos. Ver en las fotografías la fecha de su entrada en el Campo de Exterminio y la fecha de su muerte. Ver sus gafas, ver sus muletas, ver sus prótesis, ver su pelo. Ver los habitáculos en los que fueron hacinados, ver los puntos desde los que eran fusilados, pero sobretodo, repito, ver sus caras. Ver caras de sorpresa, de espanto, de indignación o de esperanza junto a la fecha de su muerte. Ver horribles habitáculos donde las personas morían de hambre o sed simplemente para comprobar cuánto aguanta un ser humano hasta su muerte por no ingerir líquidos o alimentos. Ver horrible habitáculos donde la gente era amontonada de pie para que no pudieran dormir por la noche. Ver horribles celdas donde el silencio, un sepulcral silencio, sólo era perturbado por la respiración de angustia de quienes allí nos encontrábamos. Auschwitz te cambia la vida. Auschwitz te cambia el modo de ver el mundo. Auschwitz te da argumentos palpables y visuales, aparte de los que toda persona de bien tiene per se simplemente por el hecho de ser humano, para luchar porque aquello, jamás, pueda volver a repetirse. Es espeluznante ver una cámara de gas y un crematorio. Es horrendo ver la línea de tren acercarse a la puerta del Campo de Exterminio. Es sobrecogedor, y difícil, ciertamente difícil, contener el llanto y la indignación. Cuando estaba en Auschwitz, cuando salí de Auschwitz, sólo un pensamiento inundaba mi mente. Esto no puede volver a repetirse. Y yo, como político, como leonesista, pero sobretodo como persona, me juré a mí mismo que por encima de todo, por encima de la autonomía para León que tanto deseo, por encima de la lengua que tanto defiendo, por encima de cualquier otro ideal, estaba la lucha contra el nazismo en particular y contra los regímenes totalitarios y dictatoriales en general. Dudo mucho que las personas que esta semana han hecho declaraciones grandilocuentes o dado rienda suelta a sus odios a mi persona a través de la pluma hayan estado en Auschwitz. Lo dudo, sinceramente, porque nadie que haya estado allí osaría acusar a otro ser humano de ser complaciente con tales atrocidades simplemente por hacerle daño, porque no está de acuerdo con su ideología o porque cree que la lengua leonesa es una tontería. Hay límites. La política tiene límites. El periodismo, tiene límites. O por lo menos, deben tenerlos. O por lo menos, alguien con juicio, debe hacérselos ver a los demás. Y éste límite, sinceramente, creo que algunos lo han sobrepasado. Me repugna el nazismo. Un nazismo que estoy seguro me habría puesto un traje a rayas con una estrella por mi ideología leonesista. Un nazismo que estoy seguro me habría puesto un traje a rayas por ser católico. Un nazismo que seguramente me habría puesto un traje a rayas por defender el derecho de León a tener su autonomía y hablar en nuestra propia lengua. Un nazismo que a mí, a Abel Pardo, habría enviado a la cámara de gas por ser un ser inferior, como a mis compañeros, como a mis colaboradores, como a los leoneses, a los españoles y cualquiera que no coincidiera con sus abominables ideales. Sé que soy una persona controvertida. Sé que algunas de mis actuaciones no gustan. Sé que me consideran radical en mis planteamientos, en mis formas, en mi manera de entender el leonesismo o en mi manera de hacer política. Lo sé, lo asumo y pido sinceramente perdón a quien con ello ofenda. Pero lo que no estoy dispuesto ni por un segundo es a tolerar es que nadie siembre la duda sobre que condeno con todas mis fuerzas esos atroces crímenes contra la humanidad que se cometieron, aunque fuera con una sola persona. Es igual de abominable. Hasta ahí no estoy dispuesto a llegar. No sólo no estoy dispuesto a ello, sino que dedicaré mi vida a luchar contra el fascismo, contra el totalitarismo y contra todas las dictaduras que impiden que los seres humanos sean libres y tengan derecho a pensar, a creer, a vivir, en libertad. Y poner en tela de juicio tales creencias, intentar hacerme daño políticamente con un tema tan abominable como este, simplemente merece mi repugnancia más absoluta. No todo vale en política, y menos, utilizar la memoria el dolor y la vida de millones de seres humanos para atacarme. Ello es indignante para quien lo hace y repulsivo para cualquier persona de bien.