Diario de León

El Atlético de Madrid no quiere fallar a su ilusionada afición

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I. Tylko | madrid
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A los 45 años y después de seis como entrenador de elite, el técnico madrileño Quique Sánchez Flores afronta dos finales impensables cuando hace poco más de medio tomó las riendas de un equipo roto, llamado a luchar por la permanencia y peleado con una afición que ahora se pasa la noche en vela en busca de entradas, rememora el doblete del 96 y sueña con Neptuno. Mantuvo al Getafe con holgura, clasificó dos años seguidos a su Valencia del alma a la -˜Champions-™, ganó la Copa de la Liga de Portugal con el Benfica y ahora disfruta de un Atlético transformado. Se sincera en la jornada de puertas abiertas exigida por la UEFA de cara a la final de Hamburgo y evita hablar de su enigmático futuro.

Sabe que está en uno de sus momentos grandes como entrenador. «Todos los progresos hay que hacerlos de forma sostenida pero, posiblemente, éste es uno de esos momentos en los que la historia te prepara un paso al frente y hay que intentar darlo. He pasado por los clubes cumpliendo objetivos, diferentes e importantes, pero entiendo que llegan otros días. Tengo las mismas ganas de ser campeón que los jugadores, el club y los aficionados pero no pensando en lo personal, que de verdad queda muy al fondo, sino en poder disfrutar de la alegría general».

Cuando llegó la afición le recibió con recelo por su pasado madridista. Pero hoy piden a gritos su continuidad. «Es una realidad. He sufrido mucho por este equipo, por sus jugadores, por poder brindar a la afición lo mejor posible, y eso se traduce en la forma en que uno se acaba comprometiendo con el club. Mi caso puede suponer un ejemplo para mostrar que el pasado no deja de ser mera anécdota. Lo más importante de un entrenador o de unos jugadores es el nivel de responsabilidad que puedan alcanzar». Y no quiere frenar la euforia. «Trabajamos para generar felicidad, no disgustos, y ver el estado actual del mundo atlético supone una oportunidad maravillosa que nos ha brindado la historia. No podemos reprimir la euforia, ni queremos».

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