Diario de León
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León

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En cualquier otra sección, titular así esta columna daría lugar a un malentendido, en cambio, en las páginas de deportes, el lector ha entendido enseguida. La porra es la porra. Algo más nuestro que la sangría. No se trata de ese lugar al que se marcha un equipo cuando le descalifican, ni el objeto con el que las fuerzas del orden público hacen retroceder a los hinchas violentos, ni de una de esos seudónimos que Leonardo Dantés despliega en su famosa canción «Tiene nombres mil el miembro viril». Nos referimos a  la única apuesta ilegal que Hacienda permite, ese papelín en el que cada uno dejamos la impronta de nuestra forma de ser. «Rigoberto ¿Barça- Madrid?, pregunta el encargado de estas cosas durante la liga, y éste, tras reflexionarlo, espeta: «1-12». Luego, se auto rectifica y precisa: « Bueno, mejor, ponme 1-6».

Estamos en el Mundial y todos vamos con el mismo equipo, con nuestra Roja, luego la discrepancia sólo puede girar alrededor del número de goles en cada encuentro, y cuál será nuestro último rival para la  victoria. Los más porreros, con perdón, juegan en la oficina, en el bar, en la peña, en la cofradía, incluso en casa. Por supuesto,  la cantidad apostada ha de ser insignificante, y la ganada la justa para pagarse unas rondas, con racioncilla y propina, pues si también da para veranear, no ha sido porra sino casino clandestino. ¿Contra qué equipo jugaremos la final? Seré un poco gallego: contra alguno, eso seguro.

En mi infancia, un hombre del tiempo llamado Mariano Medina se apostó ante los espectadores que si llovía se afeitaba el bigote. Nunca más lució aquel  mostacho tan suyo.  También en fútbol,  hasta el rabo todo es toro. Es decir, porra.

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