opinión | gula de goles
La Rojísima
Mi primo Obdulio Luis, quien en su primer nombre lleva ya la penitencia, se negaba hasta ayer a llamar la Roja a nuestra selección. Le podía. Es de derechas desde el vientre materno. «Me niego a hacerle el juego a Zapatero», me razonaba con cerril ofuscación. Pero el fútbol amansa a las fieras y domestica a los hombres. Ahora, no sólo se ha comprado la camiseta oficial, sino tres juegos de calzoncillos a tono y además está dispuesto a leerse Los hermanos Kamarazov . Un flechazo. Lo que antes era «la puñetera Roja, vaya nombrecito, cómo se nota la mano del Gobierno», ahora es su «Rojísima del alma». Curioso caso de transfuguismo ideológico cromático. Eso o San Vicente del Bosque ha logrado su primer milagro.
Fanatismos aparte, el respeto y la humildad con que nuestros jugadores se refieren al resto de los equipos es un ejemplo de conducta que para sí quisieran los partidos políticos. En fútbol, ganar lo es todo-¦ pero con reglas. Escribíamos ayer que la sobriedad melancólica de nuestro seleccionador se debe, en parte, a que es consciente de lo efímero de todo triunfo, y pese a ello debe buscarlo en cada encuentro, como si fuese El Dorado. Los códigos políticos no son tan poéticos. Aunque, miren a Obdulio Luis, tan de derechas y como loco con la Rojísima, a quien en la intimidad ya llama su camarada Ninotschka, la soviética interpretada por Greta Garbo. Terminará celebrando los goles con vodka y kasachok. Y cantando la Internacional.
Hoy y ahora, en este momento único, inmenso presente, sólo nos está permitido soñar: los molinos pueden ser gigantes. Si lo de Obdulio Luis tuvo arreglo, o casi, todo es posible. La Rojísima irrumpe como una revolución de optimismo. Carpe diem , aprovecha el día, nos advirtió Horacio. Y
en eso estamos.