México 86: drama, gloria y nada
Del Bosque y sus asesores advierten a los jugadores de su punto débil y les instan a tener el balón
España, al menos, contaba ya con la continuidad de ser un habitual de las grandes citas. Aunque sus credenciales seguían moviéndose entre el clásico escepticismo y la esperanza. Lo primero no era novedad, era endémico, pero lo segundo no se observaba como contradicción. Por aquel entonces había irrumpido la Quinta del Buitre , una generación que pronto saboreó en carne propia las contradicciones del fútbol y vio cómo su fútbol preciosista, admirado y elogiado, se quedaba en semifinales de la Copa de Europa. Pero, entonces, los Butragueño, Míchel, Sanchís y Martín Vázquez habían encadenado dos Copas de la Uefa y parecía que el tiempo corría a su favor.
Si esta cita mundialista quedó marcada por la presencia de Maradona, a vueltas con ese remate en el que la cabeza fue la mano, en España aún se recuerda ese pepinazo que lanzó Míchel desde fuera del área en el primer partido contra Brasil y que, después de pegar en el larguero, botó dentro de la portería. Víctor Muñoz lanzó un córner en el minuto 21 de la segunda parte, Andoni Goicoetxea tocó el balón hacia atrás y Míchel controló el balón con el pecho, lo dejó botar, y empaló un disparo perfecto. Tan perfecto que tras tocar la madera y botar dentro, salió fuera, como si ya quisiera rodar hacia el centro del campo para seguir jugando. Al árbitro se ve que no le pareció suficiente y no concedió gol.
En realidad, y desmitificando la historia (si se puede meter un gol se podrán meter dos), España solo parecía dejar muestras de su, entonces, timidez goleadora en los momentos clave. Al rato, una jugada entre Junior y Sócrates acabó con un tanto apuntado por ese jugador con nombre de filósofo, que representaba a aquel Brasil que deslumbró en el Mundial anterior, el de España, y que iniciaba su decadencia.
Por otra parte, también se puede decir que ese contratiempo no le vino mal a España. El equipo se rehízo. Ganó a Irlanda (2-1) y a Argelia (3-0), y permitió a Butragueño convertirse, en octavos de final, en ídolo nacional en el histórico siguiente encuentro. Sus cuatro goles contra Dinamarca fueron una conmoción en todo el país, que se lanzó a las calles al grito de Buitre, presidente-¦, lo cual da buena prueba de que, en fútbol, y más si es en un país futbolero, de lo sublime al fracaso hay poco más que una línea de cal.
Butragueño marcó el primer gol robándole la cartera por anticipación y a un solo toque a toda la defensa y al portero danés, que intentaban sacar un balón por la banda y en horizontal lo devolvieron a su propia área. El Buitre marcó así el primero de una tanda de cuatro, a los que sumaría un gol más. Pero, en realidad, lo que más añadió fue euforia colectiva para un equipo que, por una vez, creía en sus posibilidades. Era un grupo humano dirigido por Miguel Muñoz en el que se combinaba veteranía y juventud, y una armonía que permitía soñar con una hazaña que ya por entonces la afición anhelaba con intensidad.
Pero el cuento de España en México 86 aún iba a deparar un desenlace que, aún siendo deporte todo esto, contribuyó a crear a una historia completa con triste final.
El Bélgica-España de cuartos de final venía precedido por la depresión y la euforia que aventuran momentos épicos. De hecho, la selección española jugó a remolque desde la primera parte hasta que Señor empató en el minuto 85. En la tanda de penalties se produjo el fallo de Eloy en el segundo lanzamiento. Señor, Chendo, Butragueño y Víctor Muñoz marcaron. Pero no fue suficiente.