Diario de León
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Lo cierto es que el hombre, Míchel, acababa de marcar su tercer gol en un partido del Mundial de Italia 90. En concreto, en el segundo de la primera fase, contra Corea del Sur (3-1). Vamos, un hat trick, que se comenzó a decir poco tiempo después porque sonaba más guay. Y él, que había sido en Italia la envidia de la Quinta del Buitre, por encima del propio idem, sentía algo así como que Roma ya no nos quiere. La prensa italiana le había llamado camello acabado al que la banda le quedaba demasiado larga. Y España, que era todo un sainete interno, había comenzado su participación en el Mundial de Italia 90 con un triste empate a cero contra Uruguay. ¿Por qué tan triste?

Este Mundial, en cuanto a España, debería aparecer en los manuales de gestión de equipos en la lección de cómo no se deben hacer las cosas. Porque los que conocieron los asuntos internos de aquel grupo (humano), cuentan que a Luis Suárez, como seleccionador, un grande del fútbol, le salió una jaula de grillos que en lugar de considerarse unos privilegiados actuaban como niños consentidos. Allí estaban, junto al citado Míchel, los Zubizarreta, Butragueño, Martín Vázquez, Julio Salinas-¦, entonces peloteros y ahora auténticos gentlemen, que en sus adentros (los futbolistas nunca rectifican) seguro que renegarán de muchos de sus actos.

Hay crónicas que acreditan que aquel Mundial se les fue de las manos a los que debían portar las riendas del equipo español. Que los egos se impusieron a la propuesta colectiva, y que las alineaciones de Suárez se hicieron con tantas presiones internas y externas que, al que fue Balón de Oro, ganó Ligas en España e Italia, Copas de Europa, etc, le debía parecer un sinsentido poner la firma después dar la lista de titulares.

Y del famoso «me lo merezco» se pasó al «yo no pongo la cabeza ahí», que, por otra parte, no era otro sitio que encima de los hombros. Fue la metáfora perfecta. Un equipo descabezado quedó fuera de la competición, cuando en octavos de final España se enfrentó a Yugoslavia. Stojkovic, un nombre balcánico de esos que lo mismo te vale para fútbol que para baloncesto, se encargó de poner las cosas en su sitio y llamar al avión de vuelta para España.

Stojkovic marcó dos goles mientras Julio Salinas había conseguido empatar 1 a 1. El gol de la victoria fue de falta directa. Stojkovic era un consumado experto en la especialidad. Míchel era el último jugador de la barrera a la derecha del jugador yugoslavo. Minuto 92. La rosca perfecta, de esas que el madrileño ejecutaba a la perfección, iba camino hacia la puerta sin más obstáculo que la cabeza de Míchel. Entre que se dio la vuelta y se agachó, la pelota pasó por encima y besó las mallas, que es una de esas frases que siempre presta escribir. Y ahí se acabó otra presencia fallida de España en los mundiales.

Aquel Mundial, recordado porque se jugó un fútbol horrible, sirvió para reivindicar a Maradona, ahora que surgen comparaciones extremas entre él y Messi. Maradona ya había ganado el Mundial de México, triunfado en Nápoles y demostrado que era el mejor jugador del mundo. Casi él solito llevó a su equipo a la final. Y aunque la perdiera, demostró que los jugadores de época lo son por eso mismo, porque su trayectoria ocupa varias páginas de la historia. Y en Italia, frente a Italia, casi gana Maradona.

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