Diario de León
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La historia del Mundial celebrado en Suiza allá por los meses del verano de 1954 exigía un final feliz para Alemania, país que aún lamía sus heridas después de la aplastante derrota en la II Guerra Mundial y su desgajamiento territorial. Un conflicto en el que Suiza había declarado su estricta neutralidad, en un intento de garantizar el extraordinario nivel de vida y la seguridad de sus ciudadanos. Algo de este bienestar se trasladó al campeonato, primero que se retransmitió de forma restringida por televisión y en el que hicieron acto de presencia en el césped las primeras botas diseñadas por las grandes marcas deportivas, sustitutas de los antiguos y pesados borceguíes.

España no acudió a la cita, pues cayó ante Turquía en la fase de clasificación. Y no lo hizo en el terreno de juego, ya que ambos equipos ganaron sus partidos como locales y empataron a dos goles en el encuentro de desempate que se disputó en Roma. Para dirimir quien acudía al Mundial hubo de recurrirse a un sorteo, que ganó Turquía gracias a la «mano inocente» del niño Franco Gemma.

El de Suiza fue el Mundial con más goles de la historia, al totalizar una media de 5,38 tantos por encuentro. El sensacional equipo presentado por Hungría totalizó un total de 27 goles y era claro favorito para el título, más si cabe al eliminar a Brasil en cuartos de final por 4-2 y en un choque explosivo de principio a fin, bautizado por la prensa como «La batalla de Berna». Hasta tres jugadores resultaron expulsados y, después del pitido final, cariocas y húngaros se siguieron pegando de camino a los vestuarios, mientras llovían botellas y golpes. Hungría se plantó en la final ante Alemania, dispuesta a protagonizar un carrusel de idas y venidas entre una y otra portería. Ante el desconcierto de los espectadores, los germanos cuajaron una actuación de mucho mérito y amor propio, venciendo por 3-2 a los atónitos magiares. Un gran éxito para aquel equipo corajudo y disciplinado que supo estar a la altura de su desacreditado escudo.

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