Diario de León

Reportaje | Íñigo Domínguez

El hombre al que le pasa algo

Mourinho es un obseso del fútbol que no pudo ser estrellay se volcó en convertirse en el entrenador perfecto

Mourinho, con su gesto característico, como una gran estrella, rodeado de aficionados y periodistas.

Mourinho, con su gesto característico, como una gran estrella, rodeado de aficionados y periodistas.

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Siempre parece que le pasa algo. ¿Úlcera? ¿Saudade? ¿Se le murió el perro? No, más bien es el rostro de la insatisfacción, el mal de los perfeccionistas. Este hombre cariacontecido de 47 años es alguien que salió de abajo, ha esperado mucho y ha imaginado toda la vida su momento. El resto de los entrenadores no son así, pero tampoco aspiran a ser protagonistas absolutos. Y no son Mourinho, el entrenador. El hombre que hace que el equipo se diluya como un ente compacto pero sin rostro.

Como Helenio Herrera, también fue un mediocre futbolista, consumado comunicador, arrogante con la prensa, maníaco de la estrategia, devoto de sus apuntes, aplicaba la psicología con los jugadores, iba de estrella, tuvo grandes fichajes y contó con auténticos equipazos a su disposición. Mourinho es, básicamente, un obseso del fútbol. Su padre era un portero que llegó a jugar en la selección en 1972. Cuando nació su hijo le regaló el carné número 772 de su equipo, el Vitoria de Setúbal. El pequeño Zé tenía devoción por su padre, era un enamorado de la pelota y siempre quería un balón de regalo en cada cumpleaños. Odiaba perder hasta en el Subbuteo, una pasión infantil que ya lo dice todo de la manía táctica, y su ídolo era Eusebio.

Él también quiso ser un estrella. Con quince años empezó en los juveniles del Leiria. Al año siguiente, en 1979, jugaba con los juveniles del Belenenses, se rompió un brazo y se lo escayolaron. Pero en el colegio no quería renunciar a seguir jugando y acabó rompiéndose el otro. En resumen, Mourinho es uno capaz de romperse los dos brazos para triunfar. Pero no lo consiguió. Llegó a militar en el Rio Ave de Primera en 1981, pero no jugó un solo partido.

Su padre era futbolero, pero su madre, profesora de gramática, pertenecía a una gran familia adinerada del Portugal de Salazar. Su tío era magnate de las sardinas en conserva. Vivían en una finca con quince habitaciones y una rígida educación católica. En 1974, la caída del régimen y la nacionalización de la empresa cambió la vida de la familia, que lo vivió como un trauma. Tal vez por eso, Mou tiene vetado hablar de política.

Fue su madre quien le inscribió en la universidad, en empresariales, pero José dijo que eso no era para él. «Ahí todos van con traje y corbata...», dijo. Quién lo ha visto y quien lo ve.

Por empeño familiar compaginó cinco años de estudios de educación física con el fútbol, hasta que en 1987 empieza su carrera de entrenador en los juveniles del Vitoria. Mourinho aplicó la capacidad de estudio inculcada en casa al fútbol. Desde niño absorbía todo y era un aprendiz excepcional, metódico y pegado a sus maestros.En cinco años, en 1992, ya era asistente de Robson en el Sporting de Lisboa, en 1994 en el Oporto y en 1996, en el Barcelona. Fue más de una década de anonimato, de segundón, criando una familia con dos hijos, como un empleado más del fútbol. Pero en la sombra Mourinho no perdía detalle. Era el hombre que se enviaba a estudiar al adversario. Van Gaal, de quien le viene la manía de los apuntes, lo mandaba a hacer informes de los rivales. «Se lo tomó muy en serio y para ser puntual me llevaba los análisis a casa, era muy humilde», ha recordado. En el campo le ayudaba por teléfono desde la tribuna, desde donde el campo es un tablero de juego con puntitos y se lee como una pizarra.

Mourinho ha desarrollado un sistema robótico, tecnológico, estadístico. Usa ordenadores, vídeos, llama a sus apuntes la Biblia -”es dado a los términos religiosos-” y se adapta a cada rival con esquemas cambiantes. No bebe, ni fuma, ni pierde el control. Una vez aceptó someterse a un seguimiento cardiaco durante un partido para demostrar que no le afectaba lo más mínimo. Pero tiene corazón. Y alma. Un día, después de tantos años de ansia reprimida, se vistió de Armani y por fin le explotó el ego. Morinho se convirtió en Mourinho.

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