Juan Hidalgo. El último campeón de campeones absoluto a la vieja usanza
«El Campeón de Campeones tiene la esencia de la lucha leonesa»
Una de las figuras históricas más destacadas y singulares de la lucha leonesa, Juanito Hidalgo, recuerda la época tradicional de los «Campeón de Campeones», de carácter absoluto, entre los vencedores de las distintas categorías, y contempla la actualidad de los corros.

Juanto Hidalgo al lado del singular ‘Trofeo Mijares’, último trofeo de campeones absoluto.
Los años sesenta y setenta del pasado siglo están llenos de memorables pugnas por un «Campeón de Campeones absoluto». El final de esa era, el momento del paso a la nueva que vino dada por el planteamiento de 1982, tiene en sus páginas destacado el nombre de un histórico campeón: Juan Hidalgo García (1952), de Santa Olaja de Eslonza, de la que fuera tierra señera de los aluches, «La Badía». Uno de los luchadores de carácter más genial, pasional e irremediablemente controvertido, fue dominador en la disputa de los corros con premio «Campeón de Campeones», a la vieja usanza.
—¿Cómo era la primera fórmula del Campeón de Campeones?
—Se incrementaba el atractivo de un corro tanto para los luchadores como la afición, ofreciendo ese elemento de interés añadido del campeón de campeones absoluto, haciendo luchar por un trofeo especial a los vencedores de los distintos pesos. Conseguí aquel título en siete ocasiones, estando en medios, ante rivales de los mejores. Desde El Sastrín y su proeza legendaria en el primer Provincial, el innegable atractivo de ver la contienda al cinto de campeones de condiciones físicas dispares cautivó a la afición. Y lo siguió haciendo, a pesar de ya instaurada una norma federativa en contra de los enfrentamientos entre pesos, en algunos de los ‘Campeón de Campeones’ de la nueva era.
—¿Fue oportuna la norma que no permitía los enfrentamientos entre pesos?
—Con setenta y dos kilos, ante buenos luchadores de noventa y cinco (no era mayor la diferencia entonces), la ventaja del de pesados es grande y cuando la Federación lo cambió para evitar lesiones lo hizo bien, pero… El último de los añejos «absolutos», fue el que en Villafañe, que puso como recompensa una impresionante copa de plata, con la que se haría el luchador que ganase el corro del pueblo bajo Lancia en dos años consecutivos. Lo gané en 1981 superando a Manuel Gallego Coca y en el 82, ante Miguel Díez de Campohermoso. Esta en mi poder aquel histórico ‘Trofeo Mijares’.
—¿Qué suponía un triunfo de este tipo?
—’Campeón de Campeones’. Las palabras lo dicen absolutamente todo. El campeón entre todos los campeones. Durante la historia de la lucha leonesa no hubo fronteras de pesos, era algo que no pedía la tradición. Me prestaría, hoy, ver a Clemente con «Chiquito». Creo que lo puede tirar , y ganar, «El Junco». El Campeón de Campeones tiene la esencia de la lucha: el sentido de «maña contra fuerza», el valor de quien sabe luchar. Yo, a partir de Villafañe decidí no volver a luchar: tenía 32 años, venían empujando fuerte, y empujaban mucho otros… Llevaba desde los 16 años. Ya estaban cansados de mí y yo la verdad es que también estaba cansado de luchar.
—Si este año se hiciera un absoluto...
—Lo ganaría Clemente. Héctor es luchador, pero por envergadura… Sería algo como lo que a mí me pasaba con Miguel de Campohermoso, pero, ya ves, alguna vez…
—¿Por qué se dice que su generación ya no va a los corros?
—Yo destacaría dos puntos por los cuales a muchos no nos presta un corro actual: uno, porque hay poca competitividad; y dos, porque es muy larga la celebración. A los corros importantes de aquellos años, Cistierna, Boñar, Crémenes, Mansilla, León… Acudía muchísima gente porque duraban dos horas o dos horas y media, porque había selección previa. Quince luchadores de cada peso, cuarenta y cinco en total.
—¿Qué memoria le queda a un gran Campeón de su vida en la lucha?
—Viví para la lucha y creo que hice vivir la lucha, en el corro y fuera de él, en la escuela que puse en marcha y de la que salieron campeones como Javi ‘Rambo’, Toño y Julián García (los de Santibáñez), Nacho el de Matadeón, Satur, el ‘Vaquero’ de Trascastro… Lo mío lo aprendieron muchos; lo de otros, grandes como Bernardo, desgraciadamente se perdió. Y otra cosa, no veo hoy entre la gente lo que se veía en mi época: se aplaude muy poco. Sólo con nombrarnos a Juan Manuel Flecha y a mí, incluso antes de agarrarnos, se rompían las palmas entre los aficionados que presenciaban los corros.