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La calle quita valor al fútbol
Un leonés en Brasil Aitor Álvarez
Hoy empieza en Sao Paulo el Mundial más polémico de las últimas décadas. El país del fútbol por excelencia organiza la competición futbolística más importante del planeta y solamente un 52% de los ciudadanos lo apoyan, según la encuestadora Datafolha.
Al mismo tiempo, los brasileños contrarios al Mundial pasaron del 10% en 2008 al 38% actual. Y no es porque no les guste el fútbol. Les encanta. Los motivos van más allá del deporte y demuestran que el pueblo brasileño, cada vez más formado y consciente, está madurando a marchas forzadas.
El primer motivo es el alto coste de la fiesta. Los ciudadanos no entienden por qué hay que gastar en estadios y otras infraestructuras 10.000 millones de euros, cifra muy superior a la prevista. Solamente en estadios, en algunos casos se ha gastado el doble o incluso el triple de lo que marcaban los presupuestos iniciales. Y aún indignan más casos como el recién construido Arena Amazonia, en Manaos, donde solamente se disputarán cuatro partidos y quedará en desuso en cuanto acabe el torneo, porque no hay ningún equipo de fútbol profesional en el Amazonas. Hasta se ha planteado utilizarlo como cárcel en el futuro, lo que ha provocado todo tipo de bromas.
Todo ello ocurre en un país que, pese a ser la séptima economía mundial, aún está en vías de desarrollo y tiene grandes deficiencias en servicios básicos como la sanidad, la educación y los transportes públicos. Los brasileños se preguntan sobre cuales son las prioridades del gobierno de izquierdas de Dilma Rousseff.
Ese descontento ha provocado una ola de manifestaciones en las calles de las principales ciudades del país, que se iniciaron hace un año coincidiendo con la Copa Confederaciones. Brasil no salía a protestar a la calle desde la dictadura. Era un país dormido, pero lo ha dejado de ser. El mundo mirará hoy hacia Brasil y los brasileños quieren que, además de mirar hacia el fútbol, mire hacia la calle.