MUNDIAl DE BRASIL

Radiografía de un fracaso impensable

Dispersa y débil en su decadencia, muy lejos de la concentración, la energía y el compromiso colectivo que mostró en Sudáfrica, España ha sido una sombra de sí misma en Brasil.

Momento en el que los jugadores de La Roja se despiden del Mundial de Brasil.

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Jon Agiriano | madrid
León

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La época más gloriosa del fútbol español se cerró el lunes en el estadio Arena da Baixada de Curitiba, una ciudad que se asociará siempre a la triste despedida de una de las grandes selecciones de la historia.

Nunca son fáciles de encajar los finales, y menos cuando éstos son tan indeseados, inesperados y abruptos como el de la selección española.

Viajó a Brasil a buscar su segunda estrella de campeona del mundo y, para cuando se dio cuenta del país en el que se encontraba, en apenas seis días de competición, ya estaba eliminada y celebrando su propio funeral de cuerpo presente. Todo ha sido tan rápido, tan fugaz y fulminante, que el lunes por la tarde, en el vuelo de regreso a España tras la victoria ante Australia, se percibía todavía una extraña sensación de irrealidad, como si todo hubiera sido un mal sueño. Y lo ha sido, en cierto modo. Fueron muchos los que en ese momento recordaron con nostalgia el regreso de Johannesburgo.

Aquella alegría general, aquellos cánticos, aquella comunión con los jugadores, las fotografías con la Copa del Mundo, el confetti y las burbujas de un éxito histórico... Cuatro años después, el ambiente era frío, apesadumbrado y distante.

El golpe que se ha llevado España en este Mundial ha sido de tal calibre que obliga a realizar una radiografía de cuerpo entero. Y lo primero que se detecta con los rayos X es que en la selección estaban rotas algunas cosas importantes que tenían que ver con su tejido anímico.

Por culpa de los roces de la competición doméstica, muchas relaciones de amistad se habían deteriorado hasta ser un puro formalismo. Y eran muchos los egos que se habían agigantado después de tantos años de éxitos.

El caso es que han sido muchos los jugadores de ‘La Roja’ que, incluso sin pretenderlo, en este Mundial han pensado más en ellos mismos, en sus circunstancias personales, que en el equipo. Sobran los ejemplos.

Casillas está meditando su continuidad en el Madrid; Xabi Hernández acaba de tomar hace unos días la decisión de abandonar el Barça e irse a Catar; Villa está haciendo las maletas para irse a Nueva York; y Cesc Fàbregas ultimó en Washington su fichaje por el Chelsea, club al que también anunciará su incorporación dentro de unos días Diego Costa. Dispersión en Brasil Lo que en Sudáfrica fue concentración absoluta en la búsqueda de un objetivo soñado, en Brasil ha sido dispersión. Quién sabe si saciada tras una época irrepetible o debilitada por una erosión inevitable, España no ha sido capaz de reeditar las conjuras que le llevaron a los títulos en 2008, 2010 y 2012. Pocos equipos ha habido más convencidos de su estilo y de su poder que ‘La Roja’. Esa convicción, sin embargo, ya no existía al llegar a Brasil. Nadie lo sabía, pero es lo que ha quedado demostrado. El fuego se había apagado. O puede que todavía quedara algún rescoldo que hubiera podido avivarse si España hubiera tenido un poco de suerte en el primer partido. Porque nadie discute que este grupo de jugadores, con todos sus achaques, sigue teniendo todavía mucho fútbol y, a poco que se encienda, puede pasarle el rodillo a cualquiera.

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Seguro que la experiencia del fracaso le ha hecho recapacitar sobre algunas de sus decisiones. Es algo inevitable en estos casos. La que no le plantea dudas al seleccionador es su lista de convocados. Está convencido de que en Brasil han estado los que tenían que estar y también de que ningún otro que pudiera haber estado tenía la capacidad y la personalidad necesarias para cambiar el destino del equipo. Hasta la Euro de 2016 Del Bosque tiene otra meditación pendiente, la relacionada con su continuidad en el cargo de seleccionador.