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JESÚS ALAÑÁ
León

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Desde mi jubileo

Somos los españolitos ‘que venimos al mundo, nos guarde Dios, una de las dos Españas ha de helarnos el corazón’, que decía Antonio Machado, demasiado proclives al cainismo que nos lleva a ensalzar y, al mismo tiempo, a denigrar a los de nuestro alrededor.

Esa es la reflexión que me ha suscitado la reacción que en las ‘benditas’ redes sociales he palpado después de la derrota de Rafa Nadal ante Verdasco (también español) en el Open de Australia.

Verdad es sin embargo que podría haber reflexionado en ese sentido mucho antes, porque en materia deportiva llevamos mucho tiempo así: acostumbrados a presumir de los nuestros cuando ganan y a echarles al barro cuando no consiguen ganar, en una especie de insatisfacción rabiosa cuando les vemos arriba y de regodeo infame cuando les vemos caer. Ahora le ha tocado a Rafa Nadal, pero ejemplos sobrados tenemos de ello.

?Pocos nos damos cuenta de que la vida deportiva tiene un principio y un final. Considero una bajeza moral aprovechar los éxitos de los demás y denigrarles cuando no lo hacen, pero peor es que eso se convierta en moneda de uso corriente en nuestra vida diaria, sobre todo en lo que se refiere al respeto a las opiniones de los demás.

En eso, desgraciadamente para un país como el nuestro, tampoco progresamos. Voy a poner un ejemplo, sabedor de que con ello le voy a dar a alguien un minuto de gloria que probablemente no se merece. Tengo un buen amigo, Carlos, que regenta un establecimiento hostelero en Villaobispo (La Taberna) en cuyo tablón de anuncios suele colocar estas líneas que Diario de León me publica de cuando en cuando. En las últimas alguien se ha tomado la molestia (que agradezco) de demostrar su intolerancia escribiendo sobre ellas, textualmente, estas palabras: «Ya te vale tontolaba».

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Le pido al amable escribiente que tenga la valentía de debatir conmigo sobre mis opiniones con un par de cafés entre nosotros, más que nada por respeto hacia quienes he mencionado. A mí, que me llamen ‘tontolaba’ no me hace daño, sobre todo porque el ‘tonto del haba’ era aquél a quien le tocaba el haba del Roscón de Reyes y, por eso, lo pagaba. No tengo ningún problema en invitarle al café y al Roscón… Así podrá decir que se ‘ha comido un rosco’.