La afición mete al Barça el miedo en el cuerpo
Miles de leoneses desafían al frío para arropar a la Cultural Ni siquiera el gol de Lenglet rebajó los ánimos de la grada

MARCIANO PÉREZ/JESÚS F. SALVADORES
En la noche más terrorífica del año, sobre todo por el frío, León llevó hasta su Reino un torrente de ilusión que se desbordó como una cascada por las gradas del estadio hasta anegar de culturalismo cada uno de los rincones del campo. Una sola voz disparada por miles de gargantas para ahuyentar los fantasmas y cambiar el rumbo de la lógica.
Dicen que la fe mueve montañas y apunto estuvo de abrir una grieta importante en un club de dimensiones elefantiásicas, que solo en el tiempo añadido fue capaz de callar, aunque de forma momentánea, a los miles de seguidores que poblaban el Reino de León. Un silencio exiguo que precedió, de nuevo, a ese sonido que anuncian los tambores de guerra y que activa a la caballería de Víctor Cea.
Es cierto que un gol local hubiera significado una explosión mayor, pero los aficionados, ayer, salieron satisfechos del estadio. Ni la helada que acompañaba a la noche ni el jarro de agua fría que supuso el gol de Lenglet frustraron la fiesta.
Solo el árbitro desató la crítica del público. De hecho muchos hablaban de «robo» a la salida del campo y así lo subrayaban ante las cámaras de las televisiones. Tampoco escondían los periodistas de los medios nacionales que la Cultural mereció más. Al menos un empate.
León creyó hasta el final y lo demostró con ese aliento constante que emanaba de la grada para oxigenar a una plantilla que no escatimaba esfuerzos sobre el verde. Magín corría la banda armado con su bombo y esa cuchara de madera que lo aguanta todo. Del fondo sur salían los habituales cánticos que siempre abrigan al equipo. En las buenas, pero también en las malas. Y las bufandas de la Cultural, al viento, mezclaban su ulular con la enseña de León. Tampoco faltó la rojigualda. Y alguna blaugrana, aunque en clara minoría. Eso sí, todos respetaron el sentido minuto de silencio en memoria de Celso Laiz.
La ciudad, sin duda, disfrutó de la fiesta copera. También los niños que a pesar de la hora pudieron ir al estadio porque hoy no hay clase. Algunos disfrazados. Otros aún en sus capazos sin saber el porqué de tal algarabía. Sus padres no quisieron perderse una eliminatoria histórica, que recuerda a la ciudad lo bien que se vive en el fútbol profesional. Hoy ya queda un día menos para volver.
