La selección española venció con facilidad a la de Irlanda del Norte ayer

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Agencias - ALBACETE.
León

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A priori, no suelen ser agradables este tipo de encuentros para el equipo superior. Tienen algo de trampa. Si ganas, es lo normal; si dejas escapar algún punto, suena a fracaso. Por ello la victoria debía ser concluyente, consecuencia de una gran actuación. Un buen resultado con un discreto juego deja fría a la afición. La selección española fue exactamente esto lo que hizo frente a la inocente y ultradefensiva Irlanda del Norte. Un triunfo muy cómodo pero sin brillo, con un juego anodino y reiterativo. Un gol en el primer tiempo, dos en el segundo y para los vestuarios. España suma ya seis puntos y se destaca en su grupo de la fase de clasificación de la Eurocopa 2004. Iñaki Sáez leyó bien el guión previo del partido. Ante un rival muy inferior, con escasas cualidades que no sean las de una buena condición física, no cabía otro planteamiento que el ofensivo desde el principio. Había que atacar, pero con las armas propias, las que podían desequilibrar el choque. Los norirlandeses corren y saltan tanto como los españoles, ponen en el empeño similar garra y orgullo que los de Iñaki Sáez. Una versión física del encuentro se traduciría en facilidades al rival. Había que ganarlos en otras facetas, en las de la calidad y técnica que separa a ambas selecciones en distancia sideral. Nada de bombear balones, de ir al choque. La clase y la inteligencia debían ser las bazas suficientes para doblegar a un equipo voluntarioso pero con un fútbol rudimentario. Pero con ser eso cierto, a España le faltó velocidad, picante, chispa, otras cualidades que también adornan el fútbol. El seleccionador español alineó a un equipo que del centro del campo hacia adelante reúne una gran exquisitez, perfecto para rasear el balón y jugar entre las amuralladas y pétreas líneas norilandesas, para hacerse el dueño del balón en la zona ancha del campo y desde allí trenzar con paciencia las jugadas de acoso a la portería de los verdes. Un equipo basado en el Real Madrid, que aportó hasta seis jugadores en la alineación titular. No ocurría algo similar desde la época del «dream team», cuando Javier Clemente hacía sus equipos en torno a los azulgrana. Así acabó todo, entre la abulia y la sensación fácil.

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