Grecia se impone a España en la Romareda y complica su clasificación para la Eurocopa
Una España agotada, previsible, sin agresividad y sin mordiente se atascó en un catenaccio a la griega, cosechó la primera derrota de la era Sáez y perdió la primera gran oportunidad de sentenciar el pase a la fase final de la Eurocopa.

Raúl trata de superar la marca del griego Kapsis en una de las acciones de ataque del equipo español
Tras un comienzo prometedor, la selección de Iñaki Sáez se diluyó primero en un fútbol preciosista pero nada práctico y después murió con una alarmante falta de recursos. Los ultradefensivos griegos, que resistieron los últimos diez minutos en inferioridad por expulsión de Venetidis, extrajeron oro de su única ocasión, nacida de un regalo español. España acusó sus bajas en el centro del campo, donde Marchena y Valerón no se entendieron, y ni siquiera tuvo fuerza psicológica cuando le faltó el juego. Fue blanda en todos los terrenos. Es un equipo que se lo pone fácil al rival porque se le ve venir, siempre hace los mismos movimientos, no tira a puerta y ni siquiera apela a la heróica, virtud tradicionalmente tan española. Recibió una cura de humildad y sufrió la primera derrota en una fase de clasificación desde la debacle chipriota que acabó con Clemente en 1998. Pero la situación no es tan grave. España se mantiene líder de grupo, con sólo un punto de ventaja sobre griegos y ucranianos. Buen arranque España arrancó bien, con ritmo, toque fluido y conexión fácil entre Valerón y los dos hombres de banda, en especial con un Joseba Etxeberria que ha llegado bien al final de curso. El dominio hispano era indiscutible ante un rival muy defensivo, con un agujero enorme en su lateral izquierdo, ya que Venetidis era un chollo para el futbolista del Athletic. Grecia marcó en su primera y única llegada. El zurdo del Olympiakos Giannakopoulos se aprovechó de la pasividad de la zaga roja, dio un par de pasitos fuera del área, se perfiló y tiró raso sin oposición. Sáez cambió las bandas e introdujo de una tacada a De Pedro, pensando sobre todo en los balones parados, y a Joaquín. Pero no era el día. España estaba muerta.