Diario de León
Publicado por
MIGUEL PARDEZA
León

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SI RECUERDO con agrado la muerte de Franco no fue por lo que ese óbito tan deseado significaba para muchos españoles, sino porque me dieron diez días de vacaciones en el colegio. En algún lugar de mi conciencia infantil intuía que una nueva vida arrancaba para todos. Y empecé a oír hablar de partidos políticos y especialmente de una gran norma que -decían- sería el marco donde a partir de entonces el país tendría que moverse sin distinciones. Se llamaba Constitución. En mi pueblo aún pervivían heridas y supersticiones en torno a la Guerra Civil y no era raro que los mayores mirasen el nuevo orden que se avecinaba con cautela. Creían que estábamos ante otra edición de los rencores ideológicos de los años treinta que trajeron muerte y desamparo para miles de inocentes. Yo no estuve, porque no podía estar, en el referéndum del 6 de diciembre de 1978. Pero ahora que la historia nos honra por el éxito de nuestra transición democrática, sí comprendo que muchas cosas cambiaron a raíz de esa ley modélica. Deportivamente hablando, los profesionales habían vivido durante la dictadura casi uniformados por el contagio de valores derivados de la exaltación patriótica. De una mezcla bien urdida de catolicismo y nostalgias imperiales nació el mito de la furia española. Y así fue cómo, a remolque de rancios dogmatismos y oscuras sugestiones, nos fuimos creyendo nuestro sello diferenciador. Un sello que, de otra parte, sólo nos reportaba fracasos en el concierto internacional, de vez en cuando redimidos por salvedades como el triunfo de nuestra selección en la Eurocopa del 64, los títulos de Perico Fernández o Pedro Carrasco, el Tour conquistado por Bahamontes en 1959, los mundiales de Ángel Nieto o el Wimbledon de Santana. Todo lo demás se traducía en un complejo de inferioridad que los guardianes de la patria intentaban justificar recordándonos el odio que fuera tenían al destino que representábamos. Pero la democracia nos trajo la mayoría de edad, nos liberó de postulados carpetovetónicos y consiguió que todos adivináramos un horizonte radiante más allá de la tiranía moral del estado. En fútbol, se revelaron inéditas generaciones impermeables a la severidad de los discursos raciales. Y de este modo, sobre las dolorosas cenizas del naufragio del Mundial del 82, cuajó la Quinta del Buitre, cuya apuesta por un lenguaje futbolístico virtuoso germinó incluso en su eterno rival, el Barcelona; una entidad que venía gastando lo indecible sin conseguir tomar posiciones ventajosas en el altar de los triunfadores. La solución corrió a cargo de Cruyff y su famoso Dream Team, que sembró la imaginación colectiva con fantasías y sueños nunca vistos. Asunto de contornos más polémicos seguía siendo la selección, a la que siempre le ha costado doblegar el envaramiento en la bagatela por la pertinaz ausencia de vínculos solidarios de un pueblo individualista y algo desmemoriado. Por lo demás, el fútbol no fue el único beneficiario del espíritu de la Constitución; otros deportes también se convirtieron hacia el profesionalismo. Y gracias a ello fue posible alcanzar nombradía y orgullo en las Olimpiadas de Barcelona, en el tenis con Arancha Sánchez Vicario o en el ciclismo con Induráin. Veinticinco años de democracia son bastantes, sobre todo si tenemos en cuenta de dónde venimos. A lo largo de este tiempo, no puede decirse que hayamos superado todas las barreras y limitaciones consustanciales a nuestra idiosincrasia. Pero sí que hemos ganado, bajo la tutela de nuestra Carta Magna, en amplitud de miras y en una variedad de registros que nos han ido colocando paulatinamente en el lugar que más se ajusta a nuestros propósitos y merecimientos.

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