Una leyenda de duro que esconde a un técnico que sí sabe escuchar
Camacho aboga por el fútbol de toque, abomina del patadón y se rodea de todo tipo de tecnología

José Antonio Camacho ha fraguado su leyenda en sus años en el banco
El método de Camacho entrenador no concuerda con el estereotipo de hombre tosco y primitivo que delatan su rostro y su lenguaje. Es un profesional recto, honesto, de fuerte carácter, que no se casa con nadie, igual que cuando ejercía de futbolista, pero en los banquillos se ha dotado, además, de las más avanzadas tecnologías, se rodea de precisos especialistas y apuesta más por el toque y la técnica que por la fuerza y el pundonor que le dieron fama universal. Fue un marcador extraordinario, capaz de anular siempre a la figura rival y de responder cojo, manco o con la cabeza abierta -si no que se lo pregunten al mismísimo Johan Cruyff-, pero ahora detesta las obsoletas persecuciones a la figura rival o que sus pupilos salten al terreno sin encontrarse en plenitud física. Según su credo, donde aparezca un futbolista con clase, aunque peque de blando, que se quite un correcaminos o medio estorbo. Obsesionado con paredes, triangulaciones y rupturas por banda, postula que su equipo defienda siempre desde la posesión del balón. Los pelotazos, salvo casos de extrema necesidad, están prohibidos en su manual. Bajo su mando, artistas como Guardiola, Valerón, De Pedro o Tristán eran perfectamente compatibles en la selección española. Un equipo nacional que maravilló en las fases de clasificación -el 9-0 a Austria en Mestalla permanecerá imborrable en la mente de los buenos aficionados-, aunque en el momento de la verdad tampoco superó los cuartos. Quienes vieron sus entrenamientos cuando empezaba en el Rayo Vallecano o el Espanyol, no dudaron en calificarle como un adelantado a su tiempo en España. Estudioso de modernos sistemas de entrenamiento, listo y conocedor de sus limitaciones, puso al servicio de su experiencia, por ejemplo, el concienzudo trabajo de Pepe Carcelén en el análisis de los rivales o de Lorenzo Buenaventura en la labor física y de recuperación de los futbolistas. Trabaja mucho con vídeos y vive cien por cien para el fútbol. El preparador ciezano no necesita látigo en el vestuario, ni alzar demasiado la voz con amenazas. A diferencia de personajes anónimos como Carlos Queiroz, su sola presencia ya impone respeto. Cocinero antes que fraile, predicó con el ejemplo. Cualquier futbolista que conozca su intachable historial no necesita escucharle para asumir que debe comportarse como un profesional ejemplar si no quiere correr el riesgo de ser marginado. José Antonio Camacho va de cara y, como ocurre con Luis Aragonés, quienes trabajaron a sus órdenes mayormente le admiran.