Owen y Ronaldo apagan los vicios recurrentes blancos en Mallorca
Una gran acción del inglés culminada por el brasileño enmascara el juego soso del Madrid.
Una genialidad de Michael Owen en los primeros compases de la segunda parte, cuando se internó por la derecha, lió con sus gambeteos al suizo Muller y puso un centro pasado magnífico que Ronaldo remató con el pecho, dio el triunfo a un discreto Real Madrid ante un Mallorca que primero se limitó a defender y después no tuvo acierto en el disparo final o se estrelló ante Casillas. En un partido sosote y de ritmo cansino, con dos equipos aún cortos de preparación y un césped altísimo que dificultaba las rápidas combinaciones, decidió una acción bellísima, pero aislada dentro de la escena global. Y, aunque marcó el delantero brasileño, que posee la enorme virtud de aparecer siempre en el sitio y momento oportunos, el mérito hay que atribuírselo sobre todo al ex del Liverpool, a la apuesta personal de Florentino Pérez para lña presente campaña. Owen había entrado mediada la primera parte en sustitución de Raúl, lesionado por un encontronazo en la parte posterior del muslo, junto al trasero, y apenas había participado en el juego hasta entonces. Pero como los grandes, emergió cuando más se le necesitaba porque su equipo sufría enredado en la maraña balear dispuesta por Benito Floro. Vicios recurrentes Más allá de esa acción, el Real Madrid no dio una buena imagen y cayó en vicios recurrentes de temporadas pasadas. Es cierto que faltaban atrás el argentino Walter Samuel y Woodgate, que la responsabilidad en el medio era de Pavón y Raúl Bravo, pero también es verdad que de nuevo los blancos padecieron en las acciones a balón parado porque dejaron libre segundo palo. Además, su actitud extremadamente contemplativa permitió al Mallorca crecerse en los minutos finales y rondar el empate. Salvo la lesión de Raúl, un tipo que sólo se retira del césped si tiene pupa de verdad, apenas hubo noticias en un primer tiempo en el que el Mallorca, con las líneas muy juntas, se limitó a esperar a un Real Madrid que anduvo espeso y previsible, con problemas en la construcción desde atrás y falta de movilidad de sus hombres sin balón. Apenas se produjeron ocasiones, aunque las mejores fueron visitantes. Los de Camacho, que habían madurado en ese período a los bermellones, debían haber manejado la situación con mayor solvencia tras el gran gol a los seis minutos de la reanudación. A partir de entonces, curiosamente, se aplicaron menos en defensa y se dedicaron a rizar el rizo en los contragolpes en lugar de sentenciar. Como tantas otras veces, el Real Madrid pudo pagar caro ese defecto de suficiencia a nada que los locales hubieran tenido más gol o Casillas menos tino en sus intervenciones.