Shirov examina al joven ajedrez
José Antonio Pérez fue el único jugador en edad escolar de los quince mejores tableros de la comunidad que consiguió arrancar unas tablas ante uno de los protagonistas de mañana El sorteo de

En el club de prensa del Diario de León había ayer tarde jugadores de todas las edades y de todas las ilusiones. Ellos habían venido para enfrentarse al supergran maestro Shirov y lo hicieron con ganas y garra, aunque luego la diferencia de fuerzas fuera enorme, como es natural. Sin embargo tanto los que se sentaban en los 15 tableros alineados en cuadrilátero frente a la estrella, como los que seguían las partidas desde la parte de atrás de las sillas, tenían la misma expectación que sentían los aficionados sentados en el cuadrilátero. Shirov llegó acompañado por los organizadores del torneo y mantuvo en todo momento una distendida actitud con los jugadores que le miraban como si sus vidas dependiera de lo que en unos momentos iba a suceder en el tablero. Medios de comunicación, televisiones y todo lo que conlleva un evento de las características de un Magistral como el leonés estaban presentes y pronto se hizo el silencio necesario para que la rueda de la verdad comenzara su tejer y destejer, haciendo las aperturas más extrañas, respondiendo a lo lances más enigmáticos o sumergiéndose en variantes que poco o nada tenían que ver con lo que recomiendan los modernos tratados de aperturas. Aquello era otro ajedrez. Shirov es un maestro de intuiciones, un jugador de talento e inventiva que recuerda mucho a su colega el llorado Miguel Thal. Su golpe de vista es legendario y sus maneras ante el tablero pueden resultar extrañas para quienes no estén acostumbrados a presenciar este tipo de espectáculo. No es que las simultáneas sea una faceta del ajedrez difícil para un gran maestro o un jugador experimentado, pero tiene la virtud de acercar a quienes nuncan pueden enfrentarse a los campeones del mundo el tenerlos delante, el medir sus exiguas fuerzas con ellos y el escuchar al finalizar sus comentarios siempre ilustrativos, como sucedió con Shirov. Nada más concluir cada partida, el letón se detenía unos momentos ante el tablero de su rival y le comentaba lo que debía haber jugado, lo que hubiera sido lo mejor en una determinada posición, en definitiva lo que es la esencia de un juego que como decía Unamuno «es demasiado para juego y poco para ciencia». Reflexiones Pero lo que tal vez se le olvidó al rector salmantino de este pasatiempo milenario es que el ajedrez es además diversión y para la mayoría de los que ayer estaban en el club de prensa del Diario de León, el ajedrez significaba eso, juego, disputa, aprendizaje, iniciación pero no ciencia, y precisamente eso es lo que hace diferente un juego que no necesita definición porque si lo defines mientes, si intentas atrparlo en reglas fijas se te escapa y si lo estudias, te estudias a ti mismo. No sé lo que los jugadores que ayer se enfrentaron a Shirov habrán aprendido de sus respectivas partidas, ni se lo que José Antonio Pérez, único rival que consiguió arrancarle unas tablas al maestro, sacaría en limpio de su enfrentamiento, pero de lo que estoy seguro es que a ninguno le dejó indiferente la forma de concebir el juego que tiene un gran maestro de élite. Una hora y media aproximadamente tardó en hacer inclinar los reyes de sus rivales, pero cuando concluyó la masacre Shirov nos confesó que las simultáneas es una de sus debilidades, no porque las juegue mal, sino precisamente por todo lo contrario, porque es un auténtico especialista y los rivales al no ser de primer rango no le resultaron fatigantes. Pero, añadió, «no jugaron mal. Son jóvenes con poca experiencia y sólo hay que esperar que la adquieran y la única manera de hacerlo es jugando contra los que juegan más que ellos. A mi me gustan las exhibiciones de este estilo y creo que son beneficiosas para los aficionados».