Vedado de pesca encubierto
Sobre la tomadura de pelo que es el «tramo libre sin muerte» del pantano de Vegamián

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Es de suponer que la persona que tuvo la original idea para convencer al Consejo de Pesca o al Servicio de la misma para declarar el pantano de Vegamián como «tramo libre sin muerte», lo haría con el sano propósito de conseguir un vedado real con apariencia de zona libre, y ciertamente que lo consiguió. Nadie en su sano juicio dedicaría su tiempo a dar latigazos a la superficie del agua durante una jornada completa para no sentir ni tan siquiera una simple picada, y mantener la ilusión intacta. Imagínense a un pescador de mosca ahogada con un aparejo de cinco moscas muertas de aburrimiento sobre una superficie donde casi nunca se observan ya los círculos clásicos de las cebadas, cambiando continuamente la dirección del aparejo, esperando el milagro que no puede ocurrir. Lo mismo le pasaría a quien intentase lanzar su cucharilla para hacerla girar sin descanso durante ocho horas, desgastando los rodamientos de su carrete, para conseguir en un día, con mucha suerte, una picada o dos, que seguramente se desprenderían del único anzuelo sin gancho. Es ciertamente un poco alienante esperar que estas situaciones satisfagan a los espíritus de los pescadores sensatos, por lo que prefieren no acudir al reclamo de letreros que ocultan la verdadera intención con la que están colocados. Cuando se va a pescar a zonas sin muerte lo menos que se espera es conseguir un considerable número de picadas que puedan divertirte. Pérdida de tiempo Las pocas personas que acudíamos una vez al año a las riberas libres de este pantano, donde alternábamos la pesca con cebo de lombriz con la cucharilla, y que casi todas las veces volvíamos con la cesta vacía, lo hacíamos por cambiar de ambiente; por olvidar por un día la masificación de las zonas libres de los ríos, donde casi siempre pescabas truchas pequeñas y te exponías a meter en tu cesta alguna que después de mermar al secarse le faltasen dos milímetros; o por creer todavía que alguno de los días conseguirías uno o dos ejemplares a los que no sería necesario medir, que te recordasen los que en tiempos pretéritos, cuando este pantano era una piscifactoría de truchas grandes, que solamente conseguías pescar aquí y en algún otro pantano o retén. Actualmente puedes escudriñar todas las orillas y rincones de la zona libre y no encontrarás a nadie que quiera perder el tiempo, la paciencia y la salud en él, so pena de enfermar del sistema nervioso central y ser ingresado en Santa Isabel. No obstante, para aquellos a quienes la querencia puede más que la razón y no queremos echar en el olvido jornadas inolvidables, nos queda el recurso de solicitar permisos para el acotado de pesca que aún se mantiene (no se sabe cómo) en la cabecera donde tiene su entrada el río Porma, único lugar donde recalan algunas de las desperdigadas truchas de buen tamaño que aún alberga este pantano, además de los restos de los salmones con que se repoblaron estas aguas hace muchos años ya, y que todavía se mantienen cohabitando entre ellas y comiendo bermejuelas, de las que hay todavía bastantes por sus orillas. Este acotado, contraponiéndose a la norma de pesca sin muerte en la zona libre, puede ejercerse la pesca normal en él, con la cortapisa de los cebos naturales. La única explicación plausible que puede encontrarse a este desaguisado no puede ser otra que la de que el acotado aporta la suficiente cantidad de euros vendiendo sus permisos, motivo que, desde cualquier punto de vista califica el interés por la conservación que demuestran sus administradores, para quienes esta conservación sólo debe de hacerse en el tramo libre y no en el acotado, aunque el ecosistema sea el mismo. Una mala experiencia Por mi parte he solicitado la última media docena de años este acotado, porque todavía conseguía divertirme pescando algunos ejemplares de buen tamaño (entre 700 y 1.500 gramos), lo que no se podía comparar con las sardinillas que suelen pescarse en casi todos los ríos (cuando se pescan). Por ejemplo, hace cuatro años pesqué el cupo de unas truchas que parecían salmones por su coloración plateada, como si se hubiera producido una hibridación entre truchas y salmones. No eran salmones, ya que puedo presumir de conocer los que aquí existen desde hace muchos años. Hace tres años, pesqué cinco truchas muy hermosas y se me fueron otras tres. Hace dos años solamente pesqué una trucha, como de un kilo, que se me soltó afuera, escapándoseme. Y el último año, aún teniendo el permiso en buena época, no fui capaz de tocar ninguna trucha durante más de seis horas de insistencia vareando el pantano. No sé si será consecuencia de no haber podido alcanzar a pescar en los lugares mas apropiados, lo que, además, resulta casi imposible en unas orillas en las que, dependiendo de la altura de las aguas, son casi inaccesibles y nadie se ha molestado nunca en acondicionar algunos accesos a su orillas pescables. En la orilla derecha, colindante con el pueblo de Camposolillo, existe incluso un vallado de alambre que se interna en las aguas del embalse, y que no deja a los pescadores transitar por sus orillas con la libertad que obligan las normas o las leyes. Por lo que respecta al río por encima de las aguas embalsadas, sería casi un milagro pescar algunas truchas. Creo que no volveré a solicitar este coto, por el abandono secular que padece. Hasta los refugios que existen en la carretera, que hacen también la función de paradas para el coche de línea, parecen estercoleros. Resumiendo: dadas las circunstancias, si la catalogación de tramo libre sin muerte se basa en una intención ecologista y de conservación de las especies que lo habitan, eliminemos las apariencias y coloquemos unos letreros que digan: vedado de pesca, dentro del cual es ineludible incluir al hoy llamado coto de Vegamián, por las razones ya expresadas. De no ser así, si optamos por conservar el actual estatus del mencionado coto, también será ineludible volver a la situación anterior de la zona libre del pantano, donde se podía pescar a cebo, cucharilla y mosca, con excepción de las huevas de salmón o trucha, el asticot y el pez vivo (cebo exterminador sólo en manos de los furtivos, colocando sedales durmientes y otros artilugios). En el improbable caso de optar por el vedado completo del pantano con fines de recuperación, y suponiendo que ya podrán disponer de alevines de truchas fario autóctonas, podrían efectuar repoblaciones con estos alevines, dejándoles crecer durante cinco años (por ejemplo), para eliminar el vedado entonces, cuando las truchas alcancen buen tamaño, como parece ser que se hizo en el pantano de Valparaíso, en Zamora, donde también era un verdadero gozo pescar cuando se levantó la veda. Pero nada de subterfugios ni medias tintas, o vedado total del pantano o volver a la situación anterior.