OPINIÓN
Se abre la veda del cazador
LA MUERTE de un oso de un disparo en los montes del Alto Sil ha vuelto a destapar la leyenda negra del cazador furtivo y despiadado al que sólo mueve la sed de sangre y el ansia de matar por matar. Y, como generalizar es fácil, enseguida se piensa y se dice que todos los cazadores son iguales. Los rumores se extienden como un reguero de pólvora y van desde el que dice haber visto a otro cazador disparar sobre una corza preñada o el que asegura que se está disparando sobre los pollos de codorniz pese a que todavía no han salido del huevo. De poco sirve que la Federación de Caza condene sin paliativos al energúmeno que abatió al plantígrado y que exija una investigación a fondo. Todos son iguales y se debería prohibir la caza. Muy pocos piensan que, si hay personas conservacionistas, esas son en su inmensa mayoría los cazadores. Cuidar el campo, observar el ciclo reproductivo de las especies cinegéticas y no cinegéticas, mantener el hábitat de la forma más natural posible durante casi todo el año, para cazar un par de meses, sacrificando tiempo y dinero, esa es la tarea cotidiana de un gran número de cazadores. ¿Cuántos cotos de caza cerraron prematuramente el pasado año al constatar la escasez de perdices? ¿Cuántos cazadores disfrutan tanto viendo una buena pollada de perdices apeonando en los terrones como cazando en compañía de su perro?. Se es muy injusto a veces con un colectivo especialmente interesado en mantener viva la naturaleza, y que paga religiosamente, y a veces mucho, por mantener su afición. ¿Por qué no se dice el desastre que para la caza menor supone la agricultura moderna? ¿Por qué no se habla de los vertidos indiscriminados, de los basureros incontrolados o de la tolerancia hacia el urbanismo rural que permite construir en medio del campo?. Y ya de paso se prohíbe la caza en los parques naturales. La opinión de la población de aquellos pueblos, (los pocos que quedan) los recursos que se generan, (los pocos que les dejan), y la costumbre ancestral no sirven de nada. El oso ha de perder su instinto salvaje para convertirse, como Yogui, en un simpático ladrón de meriendas y los ciervos han de comer de la mano del excursionista y saltar por encima de los automóviles que visitan el parque por las pistas forestales. Sin el enemigo cazador se domesticarán y serán más felices. Ya nada será igual, no habrá peligro de extinción aunque tal vez la sobrepoblación provoque epidemias de sarna o los aldeanos no puedan sembrar sus huertas ni tener ganado porque no habrá pasto. Porque entonces ya no quedará nadie de forma permanente en aquellas montañas. Los que no se hayan reconvertido en agentes forestales o guías de turismo se habrán extinguido. Porque, hoy por hoy, la principal especie amenazada y en vías de extinción es, que nadie lo dude, el propio habitante de aquellas montañas.