Fiesta en las aguas turbias
Organizamos espectáculos acuáticos con veloces motos de agua revolviendo todavía más con sus revoluciones el lodo acumulado en el cauce del Bernesga a su paso por la capital

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Mucho se ha hablado en los últimos tiempos sobre la depuración de las aguas residuales, y más sobre los alcances del programa de instalación de depuradoras en todas las cuencas de nuestros ríos, según el cual podría dar la impresión de que se dan todos los pasos necesarios y que estamos en el buen camino para que en muy pocos años quede todo atado y bien atado. Aparentemente, con las depuradoras que ya se han construido se ha ido elevando la calidad del agua (o más bien disminuyendo la polución, que no es lo mismo) de forma apreciable, garantizando que su efectividad está de acuerdo con su capacidad y que esta se proyecta con la amplitud suficiente para perspectivas de futuro a largo plazo en las poblaciones o itinerarios controlados. Todo ello suena a música celestial y nos promete un cercano porvenir de reciclado perfecto, pero¿ situémonos en dos ríos muy cercanos: el Bernesga y el Esla. Uno de los ríos peor tratados de nuestra provincia ha sido siempre el Bernesga, que ha soportado la polución orgánica desde tiempo inmemorial pero, además, con las explotaciones mineras del carbón sufrió durante decenios el lavado directo de este producto que ennegrecía todas sus entrañas. Sigue recibiendo los detritus de infinidad de establos y granjas, además de los desagües de todas las fábricas que se lavan con sus aguas o que vuelcan o volcaron en él sus desperdicios, bien sean lácteas, de cementos, térmicas, etcétera. Todo ello unido al actual uso domiciliario del agua, abusivo por su cantidad y por los productos químicos empleados en limpieza, dio como resultado la nauseabunda y vergonzante situación padecida por los habitantes de los pueblos de la ribera al sur de la ciudad de León, y continuado al polucionar las aguas del Esla desde su conjunción en Palanquinos, durante muchos decenios anteriores, y que se prolongaba aromatizando intensamente decenas de kilómetros hacia el sur. Han cambiado los tiempos, y hoy nos encontramos con un río en el que ya el polvo de carbón no las tiñe de negro. Se han ido invirtiendo presupuestos y ejecutando obras de depuración, algunas en cadena abarcando varios pueblos. Varias de las industrias del recorrido tuvieron que construir sus propias depuradoras. Se han legitimado impuestos sobre el agua consumida como tasa de depuración. Se impusieron a veces multas por envenenamiento y mortandad de peces y truchas (que fueron luego liquidadas por un 10 ó 20% de su importe). También le han tocado las extracciones masivas de truchas (dicen que para contarlas), etcétera. El peor ejemplo Muchas obras de encauzamiento y ornamentación de las márgenes a su paso por la ciudad de León, así como pasarelas y puentes, han conseguido convertirlo en invierno en un simulacro de ciudad moderna y en verano en un canal que, salvo el embalsamiento de la Condesa donde aparenta tener agua, el resto se queda en una sucesión de charcos comunicados por un reguero sucio, y al que dicen que todavía desaguan restos de colectores ciudadanos ignorados u olvidados por la red de depuración que tanto hemos cacareado. Y no es que el río no mantenga un aceptable caudal durante el estío y que sus fuentes terminen agotándose, no, porque en Junio e incluso en Julio, discurre suficiente agua por los pueblos del sur de La Robla (Cascantes, La Seca, Cuadros, etcétera), que llega incluso a abastecer a la presa de Carbajal con cierta regularidad. Eso sí, agua que debería de llegar depurada y transparente, lo hace emponzoñada y vergonzante, a pesar de todas las obras que se han efectuado por encima de La Robla. ¿Qué ocurre en esta localidad para que salgan sucias hacia el sur? ¿O es que ya llegan sucias desde el norte? Pues bien, si este río es capaz de llevar sus aguas hasta Carvajal en verano, a pesar de todas los cientos de extracciones que se van haciendo desde la montaña, ¿cuál no sería su caudal real si estas no se efectuasen? Estoy convencido de que mantendría su tipo con mucha dignidad hasta su confluencia con el Esla. A propósito, ¿estas extracciones masivas, son todas legales, o sólo se autorizan por la fuerza de la costumbre, aunque sean ilegales? ¿Qué nos puede decir la Confederación Hidrográfico del Duero? Pues bien, con este mísero caudal de agua emponzoñada (a veces ninguno) se va surtiendo el embalse de La Condesa, donde desde lejos el brillo del agua no deja entrever las entrañas y los fondos, organizamos espectáculos acuáticos con veloces motos de agua revolviendo aún más con sus revoluciones el lodo acumulado en su cauce, como si de varias batidoras industriales se tratase, y maltratando a la poca fauna piscícola que todavía lo habita. Así transcurre el trayecto ciudadano hasta que, de repente, al sur, un gran chorro de agua jabonosa y todavía olorosa se vierte por la orilla derecha sobre su cauce, dicen que convenientemente depurada, volviendo a alimentar sus corrientes, pozos y tablizos, hasta alcanzar el destino del Esla. Cierto que para los pueblos del sur es una bendición comparado con el inmundo suplicio soportado casi durante siglos, pero aún no es suficiente, porque todavía un ligero olorcillo a cloaca le acompaña, y porque más al sur, las inmensas heridas infligidas por las graveras, que hacen grandísimos negocios a su costa, lo ensucian con un color entre amarillento y terroso que, además, tapa con la arena flotante todos los intersticios entre las piedras del cauce, eliminando los criaderos de cebos naturales en estos tramos. Y el gran río Esla, que después de haber soportado las grandes contaminaciones del carbón, con la criminal creosota suministrada en Vegamediana, que hacía que el nylon del carrete se quedase pegado con alquitrán, y estando padeciendo desde que empezó el desembalse de Riaño la mayor despoblación de truchas y peces de su historia, llega a Palanquinos y se ve involucrado en una nueva polución ajena a sus defectos, y que le lleva a seguir perfumando y enturbiando, con el añadido de sus propias graveras, todo el recorrido sur del mismo. Aún se percibe en Benamariel el ligero olorcillo y hasta en Valencia de Don Juan y más al sur su turbidez, circunstancia que no se daba antes del citado desembalse, cuando toda la zona de Benamariel hacia el sur estaba superpoblada de bogas, barbos, carpas, tencas, cachos, gobios, bermejuelas, lamprehuelas, etcétera, con el añadido de algunas truchas de gran tamaño (y de los blasses , lucios y cangrejos rojos que nos endosaron sin preguntarnos), y que hacían las delicias de los pescadores en el verano. Hoy, el río Esla, ha quedado abandonado a su suerte después de la saca masiva de lucios (¿sólo?), cuando perdíamos el culo creyendo que se iba a comer a todas las truchas. Ahora, ni lucios, ni truchas, ni nada... ¿Se arreglaría algo con una mayor aportación de agua del embalse de Casares, que pudiera mantener un caudal ecológico (?) suficiente, y obligar a todas las depuradoras del río a estar en funcionamiento real y no ficticio, y también obligar a filtrar o a no enturbiar a todas las graveras que lo explotan? Desde luego que como no se arregla el problema es removiendo el agua fangosa con carreras realmente de espectaculares motos de agua para entretenimiento festivo, porque según el dicho popular «no se puede revolver la m¿ porque huele».