¡Doctor, oigo voces!
Ayer llegué tal vez demasiado tarde al torneo porque a penas habían comenzado a sentarse los jugadores cuando alguien desencajado salió de la sala donde se desarrollaban las partidas del Campeonato de España cerrado y al verme se acercó fuera de si y me imprecó: «¡Nunca creí que el ajedrez fuera tan violento!». Y antes de darme tiempo a responderle me espetó: «Figúrate en la partida entre Illescas y Candelario, cuando el segundo extendió la mano para el saludo, el primero lo ignoró totalmente. ¿Pero yo creía que esto no sucedía en este juego?». Respondí: «Me habías asustado, creí que se había desprendido alguna lámpara del techo y había aplastado a alguien. ¡Pero hombre!, esto es normal. No tiene la menor importancia. Las tensiones de los torneos son tremendas», acerté apenas a decirle. Raudo como un tiro, salió del hotel moviendo la cabeza escandalizado y se perdió en la lluvia de la tarde dejándome con la palabra en la boca. Normla, pero si ocurre en una sala donde el silencio se masca y sólo se escucha el leve chasquido de los relojes entonces todo se trastoca.