Diario de León

Maestro, ¿me das diez centavos?

Los superordenadores amenazan con desbancar a los grandes maestros

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M. Á. Nepomuceno - león
León

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«¡Jesús¿las cosas que hemos visto!» decía el abate amigo de Orson Welles al comienzo de aquella magnífica cinta «Campanadas a medianoche» y tal vez nosotros podríamos también ahora repetirlas ya que cuando uno ha alcanzado la edad bíblica la perspectiva se le antoja menos dogmática. Recuerdo que hace apenas unas décadas, los jugadores permanecíamos horas y horas reflexionando sobre el tablero, calculando variante tras variante de apertura para intentar no sólo sorprender sino no ser sorprendidos. Ahora pocos miran al tablero. Sólo levantan la cabeza y observan un punto en el techo de la sala como si estuvieran desentrañando la tercera galaxia. «Ya no se piensa con la propia cabeza -me decía no hace mucho el GM Bent Larsen- ahora se trata de recordar líneas del Fritz». Hace años, no muchos, los aficionados, asistían con pasión a los torneos y discutían a la distancia las jugadas de los grandes maestros. Ahora, la mayoría prefiere medir su inteligencia frente a programas supermodernos que cuestan 15 dólares y ofrecen millones de combinaciones. Alguien dijo que los chinos creían que el ajedrez reproducía en un pequeño tablero todas las figuras del cielo, las del pasado y las que vendrían y que esa visión, contiene la imagen de Deep Blue y de los robots que serán campeones perpetuos, mientras que los maestros sólo les quedará vagar por los pueblos y ciudades trocando sus saberes por mendrugos. De esto nadie tiene la culpa. Es el precio de la modernidad, de los avances de la, tecnología, y¿ ¿qué le queda a un maestro si no entra en esa rueda? Pues sencillamente nada. Todo está ya montado sobre las bases de una sociedad altamente tecnificada que ha yugulado lo que de natural, ingenuo y humano aún le quedaba al hombre. Eisntein dijo estar seguro de que dos cosas eran infinitas: el universo y la estupidez humana y, añadió, del primero no estoy seguro. Igual de seguro está el porvenir del maestro al lado de las máquinas. Pero no desesperemos porque el héroe, como decía Nitszche, el superhombre, está por venir y tal vez esté ya a nuestro lado ante un tablero. Pero mientras tanto: «Maestro, ¿me das diez centavos?

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