La desesperanza es blanquiazul

SI SE juega mal, en términos generales, cabe la posibilidad de que mejorando los partidos acaben pintando de otro modo. Si se abusa del pelotazo, tal vez se pueda apostar mucho más por el toque. Si se elabora demasiado, acaso resulte una solución propugnar un fútbol más directo. Siempre te queda la esperanza del cambio. En el aficionado blanquiazul, sin embargo, tras lo acaecido el sábado, ya sólo puede anidar la exasperación. El equipo no juega mal en términos generales. Llega tocando a rachas, combinando. Los chicos se entregan. Se plantan dos o tres veces con una rotundidad excepcional para marcar. Empequeñecen a onces como el del Sporting... Y la cagan. Sin bandas somos una banda. Pero no creo que la reparación de la crisis venga por la sustitución del entrenador. Es más, Pichi Lucas debería seguir hasta el final por la única senda que en este triste meridiano de la temporada nos coloca media docena de oportunidades frente al marco rival. Por si a alguno de sus pupilos -incluido el vaguete Nabil Baha- es capaz de atinar. El aficionado de toda la vida ya presagiaba cuando se goleó al Castilla en aquel triangular estival que estábamos -con ocho meses por delante- más cerca de 2ª B que de 2ª. El hincha de siempre patalea, resopla cuando Rubén Vega apunta con demasiada frecuencia dos centímetros por fuera de entre los tres maderos. Pero eso ya le pasaba hace un año, y dos... El graderío tradicional, en la actual coyuntura de juego y pundonor, no puede condenar ni a los jugadores, ni al entrenador ni a la directiva. En lo que al césped se refiere no se observa desidia. Tal vez malas decisiones, al no haber encontrado en todo el año peloteros desequilibrantes por banda. (Ramírez no lo parece). Lo que sí ha encabritado a algunos de los aficionados más fieles -buena legión- es que se apliquen días del club -o mediodías-; o que un infante sin carné que quisiera acudir al fútbol el pasado sábado se viese obligado a pagar como para entrar al Nou Camp. Lo que sería descorazonador es que nos podamos ir a Segunda B cortos de fondos y sin una estructura profesionalizada como para volver a intentar el ascenso con garantías de permanencia. Casi tanto como la nihilista puntería de toda la artillería blanquiazul.