Expectación e incertidumbre ante la nueva temporada de caza menor
La inminente apertura de la temporada de caza menor, que se producirá el 26 de octubre, mantiene expectantes a los aficionados que se preguntan si esta campaña será tan buena como la anterior en lo que a la perdiz se refiere. Parece imposible que se repitan las circunstancias que llevaron a una buena reproducción y, lo que es más importante, a conservar las polladas casi intactas. Tras una serie de años muy malos la pasada campaña ha abierto las esperanzas de una recuperación real de la «patirroja» pese a que no faltan los agoreros que lo consideran un espejismo. Las lluvias caídas durante la semana, tras la pertinaz sequía estival, han sido muy beneficiosas para el campo y van a permitir en muchas zonas la sementera, lo que beneficiará sin duda a las poblaciones cinegéticas. La impresionante caída que han sufrido las poblaciones de perdiz roja, la reina de la caza menor y que en muchas zonas amenazan seriamente la supervivencia de la especie no es un hecho aislado, pues en él confluyen multitud de factores. El más importante, sin lugar a dudas, se debe a la acción del hombre, pero no por la práctica cinegética, que también, sino por el sistema de explotación del campo. La moderna agricultura utiliza métod os totalmente agresivos con el medio ambiente. A las concentraciones parcelarias que han destruido infinidad de lindes y vegetación donde la «patirroja» anidaba y se ocultaba de los predadores, se une la forma de arar de los enormes tractores que dejan totalmente molidos los terrones en las campiñas arcillosas donde el mimetismo de la perdiz, una de sus mejores defensas, se pierde. El uso de herbicidas, pesticidas y fungicidas, el grano tratado para la sementera y los abonos químicos producen enormes bajas especialmente en años secos. Las cosechadoras que trabajan durante la noche se tragan con frecuencia polladas enteras. El maíz, que en pequeñas manchas asegura la protección, con su ampliación hasta convertirse en monocultivo termina destruyendo el hábitat y dando cobijo a los depredadores. Mientras tanto en la montaña sucede todo lo contrario. El abandono de las prácticas agrícolas permite que las pequeñas parcelas que antaño se sembraban de trigo, centeno o patatas se cubran de monte. La ausencia de terrenos en los que apeonar y granos para alimentarse reducen al mínimo las polladas de perdiz en estas zonas donde antaño abundaban. En las zonas de regadío, o que lindan con ellas, el incremento de predadores, zorros y jabalí especialmente, amenaza tanto a la perdiz como a la liebre. El conejo de monte, principal mantenedor de la cadena trófica por su capacidad reproductiva, se e stá recuperando afortunadamente en muchas zonas, pero en otras no termina de recuperarse y en algunas ha desaparecido por completo. El pasado año se autorizaron muy pocos descastes de zorro, pues éste beneficiaba al campo al ser un consumidor voraz de topillos.