Diario de León
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Julio Á. Fariñas - redacción
León

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Evo Morales cumplió su principal compromiso electoral. El pasado lunes, día de la clase obrera, él y 14 de sus ministros estamparon su firma en el decreto 28.701 en el que nacionaliza los hidrocarburos del país andino. La medida en sí no debiera de sorprender a nadie, porque era el eje central del programa electoral que le dio el triunfo en las urnas hace cien días. Lo sorprendente es el momento, porque sólo dos días antes se había anunciado que se retrasaba seis meses para garantizar su viabilidad. ¿Por qué tanta prisa? En principio existen dos factores complementarios que pueden contribuir a este acelerón en el proceso nacionalizador. Por un lado está el creciente clima de protesta social que se está viviendo en el país, donde la gran mayoría de los bolivianos aún no han notado el cambio de Gobierno. Por otro está el fin de semana habanero que congregó para la foto al pie del monumento a la Revolución a los tres mosqueteros: Fidel, Chávez y Morales. El retrato en familia estuvo precedido por la firma de la adhesión de Bolivia a la Alternativa Bolivariana de las Américas (Alba), al tiempo que era ampliada con el Tratado de Comercio de los Pueblos (TCP), propuesto por Evo Morales para contrarrestar el Tratado de Libre Comercio (TCL), auspiciado por Washington. Con esa puesta a punto, el acelerón del lunes cobra más sentido. ¿Cómo acabará la carrera? Esa es la cuestión. Este es el tercer intento de nacionalización de los recursos energéticos que vive Bolivia desde su independencia. El primero, en los años 30, afectó a la Standard Oil, el segundo en el año 1969, le tocó a sacar a la Gulf estadounidense. Ninguno de los dos rebajó los índices de pobreza del país ni contribuyó a su desarrollo. En los 90, con el Gobierno de Sánchez de Loza, se llevó a cabo un proceso de privatización parcial que desató un boom de inversiones extranjeras en Bolivia y contribuyó a sacar a la luz las segundas mayores de reservas de gas del mundo. Tampoco sirvió para sacar al país de la miseria. Esta tercera nacionalización es más compleja. Impone a las petroleras la obligación de dejar en manos de la estatal YPFB la totalidad de la producción para su posterior comercialización y distribución. ¿Tragarán Repsol y Petrobras o tendrá Evo que echar mano de la PDVSA de Chávez? De ser así, lo tiene crudo.

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