Estaba a la espera de conocer la sentencia por fraude y conspiración de su compañía
Fallece el fundador y principal responsable de la quiebra de Enron
Kenneth Lay murió a consecuencia de un ataque al corazón ocurrido en su residencia de Aspen
Kenneth Lay, el fundador de Enron, la multinacional que él mismo llevó a la quiebra, murió ayer a los 64 años de edad en Aspen (Colorado) de un ataque al corazón. Lay estaba a la espera de conocer la sentencia por su responsabilidad en la bancarrota de la compañía, después de que un jurado lo declarase culpable de 10 delitos de fraude y conspiración. Lay, que esperaba que el juez hiciese pública su decisión el próximo 23 de octubre, se enfrentaba a más de 50 años de cárcel. Un portavoz de la familia señaló que «su muerte fue totalmente inesperada. Aparentemente, su corazón simplemente dejó de funcionar». La noticia corrió como la pólvora y se dejó sentir en Wall Street. Símbolo de una generación Casado, con cinco hijos y 12 nietos, Lay se convirtió en símbolo de toda una generación, de una manera de hacer negocios, formando parte de una élite empresarial que no dudaba en hacer gala de sus abultadas cuentas bancarias con sus excentricidades, con el derroche. Era la época dorada, a principios de los años 90, cuando Wall Street mimaba a este selecto club sin hacerse demasiadas preguntas, sólo importaban los balances y resultados, cuanto más brillantes y relucientes, mejor. Y fue su empeño por tener contentos a los inversores y accionistas lo que llevó a Lay ante la Justicia. Fue uno más en la lista de héroes caídos, pisoteados por los mismos que años atrás les rendían pleitesía. Fraude El pasado mayo el fundador de Enron fue encontrado culpable de fraude y conspiración, maniobras que acabarían conduciendo a la bancarrota del gigante energético. La burbuja estalló a finales del 2001 cuando la multinacional, por entonces la séptima compañía de Estados Unidos con un valor en Bolsa de 68.000 millones de dólares, se vino abajo. Las consecuencias en el mundo económico y financiero fueron demoledoras. La quiebra marcó un antes y un después en la cultura corporativa estadounidense y desató una crisis de confianza. Tanto, que Wall Street se apuró para fijar reglas más severas de transparencia. Lay siempre defendió su inocencia, negando que él diera órdenes a su entonces mano derecha Jeffrey Skilling -quien ayer eludió pronunciarse sobre su muerte- para que maquillara las cuentas de Enron y mintiera sobre su salud financiera, lastrada por una deuda cercana a los 1.000 millones de dólares. Al mismo tiempo, llenaba su bolsillo vendiendo miles de acciones de su propia compañía, que según dijo meses atrás uno de sus abogados «cuidó como si fuera un hijo, sintiendo su quiebra como la muerte de un hijo». La bancarrota dejó en la calle a 6.000 empleados y arrastró en su caída a una de las firmas auditoras más potentes del mundo, Arthur Andersen, que se desintegró meses después salpicada por el escándalo.