El Airbus ruso se partió en el aire a gran altura y surge la posibilidad del ataque terrorista

Investigadores rusos junto a parte del fuselaje del avión.

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rafael m. mañueco | moscú
León

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El Airbus-321 de la compañía aérea rusa Metrojet-Kogalim Avia, que se estrelló el sábado por la mañana en la Península del Sinaí 23 minutos después de despegar hacia San Petersburgo desde la ciudad balneario egipcia de Sharm el-Sheij con 224 ocupantes a bordo, «se desmoronó en el aire y sus fragmentos se esparcieron en una superficie de unos 20 kilómetros cuadrados». Así lo aseguró ayer el director del Comité Interestatal de Aviación ruso (MAK, según sus siglas en ruso), Víctor Sorochenko.

Según sus palabras, el aparato comenzó a destruirse a gran altura. Por su parte, la agencia rusa ITAR-TASS citaba diversas fuentes que sostienen que el A-321 se incendió antes de caer, como demuestran las «deformaciones térmicas de los fragmentos de las alas encontradas en el lugar de la catástrofe».

Los equipos de rescate egipcios encontraron ayer la cola separada del resto del fuselaje por una distancia de ocho kilómetros, lo que hace suponer que fue el primer fragmento que se desprendió de la aeronave accidentada. Sin embargo, tanto Sorochenko como Neradko advirtieron de que el hecho de que el avión se destruyera ya en vuelo «no permite todavía sacar conclusiones» ni deducir que se tratara de un atentado terrorista, algo que Sokolov ya se apresuró a descartar el sábado. Según afirmó entonces el titular de Transporte, la declaración hecha pública por el Estado Islámico reivindicando la caída del aparato «no puede considerarse fidedigna». Pero los primeros datos aportados por Moscú alimentan las dudas.

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