«Me cortaría el cuello yo misma antes que regresar a Turquía»
Desesperados por no poder seguir su éxodo hacia Europa, muchos refugiados prefieren morir.

Varios refugiados pelan por comida en un campo de refugiados de Grecia. YANNIS KOLESIDIS
Darío Menor | Atenas
A los próceres europeos se les ha olvidado preguntarles a los 42.000 refugiados que se han quedado bloqueados en Grecia tras el cierre de la ruta balcánica qué quieren hacer con su vida.En la cumbre del pasado lunes en Bruselas, los Veintiocho acordaron que estos supervivientes de la guerra en Siria, Irak y Afganistán tenían que retornar a Turquía, desde donde saltaron a alguna isla griega viendo como muchos de sus compañeros se ahogaban en las aguas del mar Egeo. Desesperados por no poder continuar su éxodo hacia Alemania, Austria o algún otro país rico de Europa, aseguran ahora que prefieren morir antes que volver, ya sea a sus naciones de origen o a un campamento turco. Si la Unión Europea finalmente cumple lo acordado con Ankara, tendrá que pisotear una vez más sus principios éticos y llevarse a rastras a los refugiados que hoy acoge Grecia. «No pienso volver a Turquía de ninguna manera. Allí nos maltrataron y lo pasamos muy mal. Yo misma me corto el cuello antes de que me obliguen a retornar». Hama, una afgana de mediana edad, lleva poco más de una semana en territorio griego: primero en la isla de Samos, adonde llegó tras embarcarse en una pequeña nave con otros 70 refugiados desde la costa turca. Vive junto a sus tres hijas en una terminal para pasajeros.
Hacinados
Aunque duermen por el suelo, hacinadas junto a otras familias y sin ninguna intimidad, son afortunadas. Otros muchos pasan la noche fuera, en tiendas de campaña. En total, más de 3.000 personas se hacinan estos días en varias zonas del puerto.
Todos los refugiados hacen la misma pregunta a los europeos que se acercan: «¿Sabe cuándo volverán a abrir las fronteras?» No acaban de creerse que han llegado tarde, que si hubieran desembarcado un poco antes en Grecia habrían podido continuar su viaje sin toparse con alambre de espino en los lindes de los países balcánicos. «¿Dónde vamos a ir ahora? Sabemos que aquí no podemos quedarnos, hay muy poco trabajo. Bastante está haciendo esta gente. No nos falta comida ni agua, estamos seguros y hay médicos que nos atienden», cuenta Smira Abd el-Aziz Dib, una siria de unos 30 años.