Un viaje al origen de todo: Molenbeek
Antes de ir a matarse, vendieron el bar. Muertos, ya no lo iban a necesitar y así conseguirían algo de dinero para los gastos. El 30 de septiembre de 2015, Ibrahim y Salah Abdeslam traspasaron el bar Les Beguines, en la calle del mismo nombre de Molenbeek, el avispero de los radicales en la aparentemente tranquila Bruselas. Un mes después, uno de ellos se inmoló en la sala Bataclán y el otro se dio a la fuga hasta que lo detuvieron el viernes de la pasada semana. Carteles de refresco, maderas en las ventanas, cristales polvorientos... El local abandonado es el recuerdo de una pesadilla. Allí dentro, los hermanos Abdeslam tramaron el horror que se desató en París la noche del 13 de noviembre. Los vecinos tenían los ojos cansados de verlos a la caída de la tarde, bebiendo, fumando porros apoyados en el muro de ladrillo rojo, pasando droga. Unos tipos para los que el paraíso es una partida de playstation, dos botellas de ginebra, costo para vender y unas rayas de coca, terminaron disparando en nombre de la ‘verdadera’ religión de Alá. Parecía imposible, y pasó. Mohammed (nombre falso) es educador social en ese barrio y conoce los mecanismos de tan extraño acuerdo. «Los reclutadores vienen aquí, les ofrecen cosas, dinero, un coche, doce o quince mil euros y les juran que van a cambiar su mundo. Así caen en sus redes. Los buscan entre los chavales que no tienen vida. Ellos se la ofrecen y terminan haciendo cualquier cosa. No busque a los terroristas entre los que llevan chilaba. Ahora visten chándal, zapatillas de último modelo y gorras caras». —¿Y los vecinos no ven nada raro? —Claro que lo ven, pero tienen miedo. Hay represalias. Esa esquina en Molenbeek es ahora un lugar maldito. Bélgica es el país que proporcionalmente ha enviado más yihadistas a Siria. Se calcula que medio millar han viajado a luchar junto al Estado Islámico y no se sabe cuántos han vuelto y esperan a cometer un atentado.