La UE cruza los dedos ante un órdago que pone en juego su existencia

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León

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Todo comenzó hace ya una década, allá por 2008. Cayó Lehman Brothers, estalló la Gran Recesión y la Unión Europea, el gran club de clubes, comenzó a dudar, a temer, a sufrir. Han sido años durísimos de enorme crispación social y mejorable gestión política que han colocado a la UE en la peor de las encrucijadas, la de su propia existencia. Pese a las alharacas de su 60º aniversario, la sensación es que Europa ha dejado de ser infalible, que esa flor que siempre brotaba en el último minuto de las madrugadas bruselenses empezó a marchitarse con la victoria del ‘brexit’, primero, y con la de Donald Trump, después. Y ahora, en el peor momento, convulsionada por el terrorismo yihadista, llega Francia, el ser o no ser del club. Lo que jamás podía ocurrir, sucedió. Ya no existen los imposibles y el populismo, fruto de la crisis que ha destapado las carencias del club, ha llegado para quedarse y lo hace, además, aprovechándose del miedo provocado por la amenaza terrorista. Y ahora, Francia, donde millones de obreros frustrados debaten si apoyar a la extrema derecha de Marine Le Pen o a la extrema izquierda de Jean-Luc Mélenchon al grito de ‘los franceses, primero’ con promesas de sueldos vitalicios que jamás llegarán. Los extremos, en este caso, se tocan y lo hacen tomando a Europa como el gran enemigo a batir. Hoy, 46 millones de franceses comienzan a definir el futuro de 500 millones de europeos. Porque si al final gana Le Pen, la UE y el euro ya pueden ir encargando su acta de defunción.

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