UNA AÑO DESPUÉS DEL 11 DE SEPTIEMBRE

Europa se distancia de EE. UU. en la guerra

Los gobiernos de la UE rápidamente se unieron a la guerra antiterrorista de EE. UU. ofreciendo tropas, equipos bélicos y recursos financieros para la lucha contra Osama Bin Laden. Mientras que los 15 países p

Tesis doctoral de uno de los terroristas, que residía en Hamburgo

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Shada Islam - BRUSELAS.
León

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Sin embargo, a la euforia inicial siguió rápidamente la decepción cuando Estados Unidos optó por pedir más bien ayuda bilateral a sus aliados, en lugar de solicitar el apoyo conjunto de la Otan a su campaña bélica. Un año después, las palabras de solidaridad con Estados Unidos aún suenan fuertemente en los pasillos de los centros de poder en Europa, pero esas manifestaciones de apoyo van acompañadas cada vez más por temores profundos, expresados abiertamente, sobre la política y las prioridades de la única superpotencia en el mundo. El secretario general de la Otan, George Robertson, ha tratado de reforzar el perfil de la alianza presionando a los gobiernos europeos para que aumenten sus gastos de defensa y amplíen la cooperación armamentística. Sin embargo, ni siquiera la insistencia de Robertson en que las operaciones antiterroristas son hoy un objetivo central de la organización ha ayudado mucho a superar el sentimiento de depresión que prevalece desde el 11 de septiembre en la Otan y en Europa. Prominentes políticos europeos están de acuerdo en que a veces son necesarios los ejércitos para combatir a los terroristas, pero también han enviado a Washington un mensaje inequívocamente claro: erradicar el terrorismo implica algo más que simplemente hacer guerras y campañas militares. «El combate al terrorismo requiere de un enfoque multilateral, centrado en la lucha contra el caos, la anarquía, la pobreza y las carencias», dijo un diplomático europeo, para agregar que «el terrorismo no surge de la nada (...), y se necesitan medidas políticas para resolver las numerosas causas» de este fenómeno. No es de extrañar, pues, que los líderes europeos, con la excepción del primer ministro de Gran Bretaña, Tony Blair, mantienen una vehemente oposición a cualquier ataque de Estados Unidos a Irak. Tampoco ocultan su desconcierto ante el reclamo por parte de Bush de un cambio en el liderazgo palestino y ante el apoyo irrestricto de Washington a la política de línea dura del primer ministro de Israel, el ultranacionalista Ariel Sharon. Además, en ninguna capital europea ha encontrado mucha simpatía la retórica norteamericana del «eje del mal» contra Irak, Irán y Corea del Norte. Desafiando claramente las presiones de Estados Unidos e Israel, los ministros de Relaciones Exteriores de la UE resolvieron en junio iniciar conversaciones para un acuerdo comercial y de cooperación con Irán, que sería el primero en la historia entre la Europa comunitaria y el gobierno de Teherán. En relación con una amplia gama de temas, que incluye la creación de la Corte Penal Internacional, el Protocolo de Kyoto para la reducción de gases de efecto invernadero, el control del crecimiento demográfico y el desarrollo sostenible, los políticos europeos admiten que se sienten consternados y desconcertados por el espíritu decididamente unilateralista del gobierno de Bush y su enfoque centrado en los estrechos intereses nacionales de Estados Unidos. En los días siguientes al 11 de septiembre no fue así. Entonces, «parecía que Estados Unidos había redescubierto la necesidad de contar con aliados para hacer frente a esta amenaza común», recordó Patten. El comisario europeo advirtió que el rápido éxito militar en la campaña contra los talibán «tal vez haya reforzado algunos instintos peligrosos: que la demostración de poder militar constituye la única base de una seguridad efectiva, que Estados Unidos puede confiar en su propia fuerza y que los aliados pueden ser útiles sólo como eventual apoyo adicional, pero que Estados Unidos es lo suficientemente grande y fuerte como para arreglárselas sin ellos». No obstante, el empuje antiterrorista de Estados Unidos ha tenido un impacto directo en la propia agenda de política exterior e interior de Europa. Decididos a cortar todas las fuentes de financiamiento de los terroristas, los gobiernos de la UE elaboraron una lista negra común de grupos terroristas en todo el mundo y congelaron sus fondos. La lista incluye, además de a Bin Laden y su red Al Qaida, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), Las Autodefensas Unidades de Colombia (AUC), el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), el grupo extemista islámico Lashkar-i-Taiba de Cachemira, el movimiento egipcio Gamaa al Islamiyya y la organización armada vasca ETA. Los atentados del pasado 11 de septiembre impulsó a los gobiernos europeos a acelerar el proceso de creación de una Fuerza de Reacción Rápida Europea de 60.000 soldados, encargada de cumplir, a partir de 2003, misiones humanitarias y de mantenimiento de la paz.

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