Diario de León

TESTIGO DIRECTO DESDE ORIENTE PRÓXIMO

La noche libanesa de los misiles muertos de Teherán y Tel Aviv

Diario de León, testigo de cómo estallan en el cielo las bombas de Irán en la frontera del Líbano con Israel

Manuel Félix López
Enviado especial sur del Líbano

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Estoy en la ciudad de Tiro, a 20 kilómetros de la frontera del Líbano con Israel. Son las once de la noche del sábado 14 de junio y en el exterior de la vivienda hace un calor pegajoso, con los mosquitos zumbando fuera con ganas de guerra. Sin saberlo, estoy a punto de ver con mis ojos y grabar con el móvil un cielo trufado de misiles, lanzados por Irán hacia el corazón de Israel.

La noche anterior, la del viernes, Israel bombardeaba Irán. Les destrozaba instalaciones de investigación bélica nuclear, mataba a un racimo de científicos acusados de trabajar en la preparación de bombas atómicas y borraba del mapa a buena parte de la cúpula militar en Teherán. Comenzaba, según los israelíes, la Operación León Naciente, alcanzando más de 150 objetivos. Esa misma noche del viernes, en la que veía por la televisión Al Jazzira con el cirujano Abdul Nasser el espectáculo bélico (justo antes de que él entrase en quirófano para curar a un joven de apendicitis aguda), Irán respondía rápido a la agresión. Los de Teherán también lograban pintar de colores con sus misiles los cielos del mismísimo corazón del país, de Tel Aviv. También de la vecina Jerusalén. Con muertos y heridos. ¡Inaudito! ¡Nunca antes vista en la historia reciente la caída de misiles de Irán con impacto sobre tierra gobernada por Israel!

Con estos precedentes, la noche del sábado 14 de junio se presentaba cargada de incertidumbres y temores en estas tierras fronterizas libanesas desde las que envío esta crónica. Estados Unidos, Rusia, China, Reino Unido, Francia y un largo ramillete de políticos mundiales hablan y se posicionan. Unos ocultan la verdad más que otros. Nadie quiere pronunciar las tres palabras malditas: “Tercera Guerra Mundial”.

Estoy sentado en el sofá de la casa del doctor Nasser, con su esposa Conchita, una cubana que habla con tanta dulzura y bondad que estoy seguro que si la escucharan e hicieran caso en ese gran salón mundial de la ONU, las cosas de la guerra cambiarían para bien.

Les había hablado de la película “Guantanamera”, de Gutiérrez Alea y Perugorría. Así que, la estábamos viendo por su televisor. De pronto, desde la calle se escuchan gritos y fuerte alborozo. El reconocido doctor Nasser, con el que llevo pegado viviendo cuatro días (fue el único cirujano que permaneció trabajando en el hospital durante cuatro guerras del Líbano (1993, 1996, 2006, 2024 mientras las bombas le caían al lado; las últimas hace apenas siete meses) se levanta y sale a la terraza.

“¡Manuel ven, Manuel ven!”, me dice. Salto como un muelle del sillón y de repente imprevisto, el cielo oscuro de la noche se ilumina de naranja, como en una fiesta con fuegos artificiales. Saco el teléfono del bolsillo y me pongo a grabar algo que no olvidaré jamás: Son misiles de Irán, que vuelan en silencio y van a matar en dirección a Israel. Los israelíes los detectaron 8 minutos antes y lo que ellos llaman Cúpula de Hierro, fabricada para la defensa de su espacio aéreo, empieza a trabajar.

Conchita, que es pediatra, también corre desde el salón a la terraza y los tres presenciamos la guerra en directo. Para mí es la primera vez. Para ellos, no. Conchita sabe a qué huele la guerra de verdad, ha visto temblar de pánico a muchos niños, y ha sentido cómo la aviación israelí rompía la barrera del sonido por encima de su cabeza. En la última guerra, fue testigo de las bombas cayendo muy cerca, cuando viajaba en el asiento trasero del coche desde el sur del Líbano (desde Tiro) hacia la capital Beirut. Su marido, ha vivido otro tanto de los mismo. Con las explosiones al lado, encadenó muchas noches de trabajo incesante y agotador en el hospital Hiram, moviendo sus manos de cirujano, reconstruyendo los destrozos de las detonaciones en la carne humana. Tanto es reconocido su trabajo, que le llaman de muchos países para impartir conocimiento y dar conferencias sobre “cirugía de guerra”.

Esta noche de junio, ellos y yo, vemos una guerra hecha espectáculo tétrico en el cielo, sin muertos, gritos, heridos y carreras de gente aterrorizada al lado. Es un firmamento lleno de misiles destripados, que sólo vomitan destellos mudos delante de la terraza de la casa de los doctores, después de que la defensa israelí invalidase la mayoría, cerca de la estratosfera.

“Mira, hoy los restos están cayendo al mar”, advierte el cirujano Nasser. Y así, después de cuatro minutos de guerra filmada en las nubes, por encima de torres de viviendas atestadas de libaneses, la vida continúa en la ciudad de Tiro.

Al momento, cesado el bombardeo dirigido a Israel, en una barriada a lo lejos se escuchan petardos de potencia seca ensordecedora y luz cegadora en esta zona de la frontera con el Líbano. También gritos de alborozo por la acción bélica de Irán. Y eso porque hoy, esta noche de sábado, las bombas y los drones no vienen de Israel al Líbano. Van de Irán a Israel.

Se adentra la noche y nos vamos a la cama. La vida sigue. Los libaneses se han acostumbrado a estas situaciones. De día la gente trabaja, va a la playa, sale a cenar, se toma sus consumiciones en las terrazas; y mañana seguirán retirando los escombros de edificios derruidos por las bombas de la última contienda. Son como hormigas a las que pisa una bota, pero el resto que se libra del envite sigue trabajando harto del horror para levantar encima nueva vida. Mañana veremos el final de la película Guantanamera.

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